canchaygol full logo

Mundial 2023: drama, héroes inesperados y nuevas geografías del poder

En un torneo con goleadas por doquier, fue un 1-1 el que terminó marcando el tono emocional del Mundial. Paraguay contra Germany, un duelo de última 32 que acabó convertido en un ejercicio de crueldad deportiva desde el punto de penalti. Germany, país que suele caminar con naturalidad por las tandas, se desplomó esta vez de forma estruendosa. La eliminación no fue solo una sorpresa: fue una ruptura de guion.

En el otro extremo del espectro, Algeria 3-3 Austria rozó lo surrealista. Un partido que llegaba envuelto en sospechas de “biscotto”, un empate cómodo que clasificaba a ambos. Durante buena parte del segundo tiempo pareció exactamente eso: un pacto tácito, un trámite. Hasta que, en el descuento, el orden se rompió y el encuentro se convirtió en un sueño febril, caótico, imposible de encajar en la lógica habitual de un gran torneo.

México 2-3 England, en el Azteca, fue otra cosa: un evento. Desde el momento en que el sorteo los emparejó, el ambiente empezó a cargarse. El estadio, monumental, respondió a la cita. Un primer tiempo abrasador, un ritmo que rozó lo insostenible y una victoria inglesa que, pese a lo que vendría después, quedará como uno de los grandes triunfos a domicilio de su historia reciente. “Como beber cortisol puro”, lo describió uno de los presentes. Difícil encontrar una imagen más precisa.

La locura se extendió por todo el mapa. France 4-6 England ofreció un marcador casi cómico en su exceso. Egypt 1-1 Iran, en Seattle, se decidió en los márgenes: un gol anulado en el descuento, dos disparos al palo en los últimos minutos y una selección iraní, invicta y lastrada por obstáculos de todo tipo, que se quedó fuera pese a rozar la épica.

Argentina aportó su cuota de dramatismo con dos remontadas que ya pertenecen a la mitología del torneo. Primero, el 3-2 a Egypt en octavos: los campeones defensores, dos goles abajo, con la mente casi en el aeropuerto, rescatados por un Lionel Messi que volvió a agitar un partido muerto y a cambiar el destino en tiempo reglamentario. Después, un 3-2 a Cape Verde, otra vez al borde del abismo, en un encuentro que muchos señalan sin dudar como el mejor del Mundial.

Hubo partidos que parecían malditos antes de empezar. “El partido que nadie quería jugar”, así se definió uno de esos cruces cargados de peso histórico y emocional, England 1-2 Argentina, un duelo que apeló a algo más profundo que la simple clasificación. A su lado, el 2-2 entre Cape Verde y Uruguay, en Miami, se vivió como una celebración del juego: disciplina, alegría y un equipo africano que se ganó la simpatía general por su actitud y su atrevimiento.

Entre tanto caos, algunos periodistas se aferraron a una regla personal: solo elegir partidos que hubieran vivido en primera persona. De ahí que México 2-3 England apareciera una y otra vez, incluso para quien lo vio por televisión. Las imágenes, la tensión, la iconografía del Azteca bajo la tormenta, construyeron una pieza de cine puro.

En un Mundial de más de cien partidos, las respuestas se repartieron, pero la lista final dice mucho del torneo: México v England como sinónimo de imprevisibilidad, Argentina v Cape Verde como improbable maravilla, y Argentina v Egypt como la gran remontada de los campeones. Cuando un mismo equipo protagoniza tantas historias, algo se ha movido en el centro de gravedad del fútbol mundial.

El dueño silencioso del torneo

En medio de tantas narraciones, hubo una figura que se impuso con una autoridad casi silenciosa: Rodri. Para muchos, el mejor jugador del mejor equipo. El mediocentro de Spain dominó los tiempos, dio estructura a una selección que volvió a un modelo más posesivo y se convirtió en el metrónomo que marcó la pauta de todo el torneo. Capitán, líder, referencia absoluta.

Kylian Mbappé se llevó la Bota de Oro, inflada por un tercer puesto demencial, pero el delantero de France no dejó dudas sobre su condición de superestrella. Su selección pareció durante muchos días la más completa del Mundial hasta que Spain la desnudó en semifinales. Lionel Messi, una vez más, apareció cuando Argentina caminaba al borde del precipicio. Erling Haaland confirmó que Norway ya no es un invitado exótico: lideró una campaña corta pero creíble por la Bota de Oro y empujó al país hasta unos históricos cuartos de final, multiplicando su magnetismo en un mercado norteamericano ansioso de ídolos.

Jude Bellingham, bajo la batuta de Thomas Tuchel en England, respondió al ruido previo con actuaciones de peso. Michael Olise dejó una exhibición majestuosa que solo quedó manchada por las ocasiones falladas ante England. Dani Olmo, otra pieza clave de Spain, mereció también mención en casi todas las votaciones.

Y en medio de los gigantes, dos historias que rompieron el molde. Pau Cubarsí, central adolescente, se ganó elogios por su madurez y su lectura del juego. Pero sobre todo, el nombre que nadie esperaba: Vozinha. Portero de Cape Verde, 40 años, sin club. Un guardameta que se convirtió en símbolo. Sus paradas, su carácter y la lista de rivales a los que frustró construyeron una fábula que no necesitó campañas de marketing. Su historia conectó con algo muy simple: un veterano, casi anónimo, que por fin recibe el reconocimiento que siempre pareció esquivo.

Algunos insistieron: si solo se puede elegir a uno, sigue siendo Rodri. Pero la sensación al final del Mundial es que, por primera vez en mucho tiempo, casi todas las grandes estrellas cumplieron con su parte del trato.

El gol que detuvo el tiempo

Si hubo un momento que pareció congelar el Mundial, fue el disparo de Sidny Lopes Cabral contra Argentina. Un lateral reconvertido en extremo, un balón lejano, un golpeo perfecto. La pelota voló, se curvó, superó la estirada de Emi Martínez y besó el palo lejano. Empate para Cape Verde, en la prórroga de una eliminatoria directa, ante los campeones. Un misil que cambió el sonido del estadio y, por un instante, el orden del fútbol.

La escena posterior fue casi tan memorable como el gol: manos a la cabeza, incredulidad, y la búsqueda de su pareja en la grada para celebrar juntos un momento que ya es patrimonio colectivo de Cape Verde. Varios cronistas confesaron no poder reproducir el ruido que hicieron al ver entrar ese disparo. Hay goles que se describen; este se recuerda como una sacudida física.

El Mundial, sin embargo, no se quedó en un solo destello. Eldor Shomurodov, de Uzbekistan, firmó una vaselina instintiva, desde un ángulo cerrado, ante la República Democrática del Congo, una acción tan extraña como satisfactoria. Julián Álvarez, discreto en líneas generales, dejó un latigazo desde lejos en la prórroga ante Switzerland, un disparo que se retorció en el aire y encendió un estadio en Kansas City convertido en caldera.

Kerim Alajbegovic, la joven promesa de Bosnia and Herzegovina, reforzó su reputación al eliminar rivales en carrera y golpear, desequilibrado, desde fuera del área contra Qatar. Johan Manzambi, con su carrera y su pase previo al gol de Breel Embolo frente a Algeria, recordó que también hay belleza en la jugada previa.

Wilson Isidor, con Haiti, conectó un disparo lejano contra Morocco que algunos situaron directamente en la historia de los Mundiales. Un derechazo perfecto en un partido que, en términos de clasificación, no cambió el mapa, pero que dejó una huella indeleble para un país con pocas noches de gloria. Y, al fondo, el recuerdo de un tanto anulado –un cañonazo a la escuadra, también de Uzbekistan– que no subió al marcador, pero se quedó en la memoria de quienes lo vieron.

Erling Haaland volvió a aparecer en esta categoría con su segundo gol ante Brazil, colocado con precisión quirúrgica en la base del poste desde fuera del área para sellar una de las grandes sorpresas del torneo. Un resumen perfecto de su Mundial: potencia, frialdad, eficacia.

Entre todos, uno se impuso. El zurdazo de Sidny Lopes Cabral no solo igualó un marcador. Alteró, aunque fuera por unos minutos, la jerarquía del fútbol global.

Héroes discretos y estampas imborrables

Más allá de los focos, el Mundial dejó imágenes que no caben en una estadística. Eloy Room, portero de Curaçao, batió el récord de paradas en un partido de 90 minutos ante Ecuador. A sus 37 años, disfrutó de su momento bajo los reflectores y se permitió una broma que lo retrata: “Creo que ahora necesito una estatua en Curaçao”.

En las horas posteriores a los partidos, cuando los estadios se vaciaban, las alfombras verdes quedaban por fin en manos de quienes sostuvieron el torneo en silencio: empleados de mantenimiento, voluntarios, personal de seguridad, trabajadores de Fifa de bajo rango, representantes de clubes locales. Algunos se lanzaban a jugar, otros se hacían fotos, otros simplemente caminaban por un césped que normalmente les estaba vedado. Una pequeña recompensa tras semanas de trabajo intenso.

El Azteca, una vez más, se confirmó como templo. México venció a Ecuador en un ambiente ensordecedor y, días después, vivió la montaña rusa de ese 2-3 ante England. Las noches se alargaron más allá de lo razonable. El ruido, las celebraciones, la sensación de estar en un lugar donde el fútbol es casi religión. En Dallas, los goles de Messi ante Austria fueron vividos como peregrinaciones colectivas, misas laicas en las que el 10 volvió a reescribir récords.

Hubo escenas casi costumbristas: periodistas senegaleses compartiendo galletas durante el himno antes de ver a su selección derrumbarse ante Belgium; un partido de ocho contra ocho con Danny Cipriani recordando sus días entrenando con Harry Kane; el viejo gesto de Tim Cahill revivido por Nestory Irankunda con Australia para simbolizar un relevo generacional.

Para Cape Verde, el Mundial se convirtió en una historia de familia. La llegada de la madre de Vozinha, contra todo pronóstico, para verlo jugar en la Copa del Mundo, añadió una capa emocional a un relato ya de por sí conmovedor. Roberto “Pico” Lopes, internacional por la pequeña nación africana y leyenda de Shamrock Rovers, se dejó el cuerpo en cada duelo, alimentando la esperanza de un último gran contrato… o de una consolidación definitiva como ídolo de dos patrias.

El torneo también se midió en detalles mínimos: el sonido de las gaitas tocando “Scotland the Brave” antes del debut de Scotland ante Haiti en Foxborough, el grito “HELLO NEW YORK!” en un espectáculo en vivo en Manhattan, los pancakes de un deli en Mile End, las inundaciones en Monterrey mientras alguien esperaba un autobús para recuperar un iPad que acabaría perdiendo en Houston.

En el plano social, la Copa del Mundo sirvió de válvula de escape en un Estados Unidos polarizado. En ciudades anfitrionas, era casi imposible pasar unas horas sin que algún desconocido iniciara una conversación sobre fútbol. Para muchos, un alivio en medio de un clima político enrarecido.

Los anfitriones y un torneo desbordado

El Mundial repartido entre Estados Unidos, Mexico y Canada fue un experimento de escala. A veces, un desafío físico para quienes lo recorrieron. Distancias enormes, sedes alejadas de los centros urbanos, desplazamientos interminables. Pero también una demostración de que el fútbol puede incrustarse en geografías muy distintas.

En Estados Unidos, el interés superó las previsiones más optimistas. La gente se acercó, preguntó, se implicó. En ciudades como Vancouver o Seattle, con estadios céntricos y tradición futbolera, el torneo se integró con naturalidad en la vida diaria. En otras, como Dallas o San Francisco, la Copa del Mundo fue más un espectáculo importado, alojado con eficacia pero sin llegar a permear del todo.

La selección estadounidense ofreció, por momentos, el fútbol más vistoso que se le ha visto nunca a un combinado nacional del país. Sin embargo, se marchó con la sensación de haber dejado escapar una oportunidad histórica ante Belgium. El debate quedó abierto: hace falta una nueva arquitectura de desarrollo, un plan más ambicioso y, probablemente, un nuevo seleccionador.

Canada vivió su primer partido mundialista en casa, en Toronto, como una fiesta nacional. El empate ante Bosnia and Herzegovina no rebajó la euforia: el simple hecho de estar ahí, de jugar un Mundial en su propio territorio, bastó para encender el orgullo. Días después, un 6-0 a Qatar en BC Place confirmó que no habían llegado solo para aplaudir.

Mexico, por su parte, demostró una cultura futbolística febril, intensa, que mereció no quedar opacada por sus coanfitriones. Su fase de grupos fue una estampida, su triunfo ante Ecuador, una exhibición de oficio, y su pulso con England en el Azteca, un partido para la memoria colectiva. En la calle, la hospitalidad fue constante, incluso cuando la selección local cayó ante los ingleses.

No todo fue idílico. El intento de la administración estadounidense, respaldado por Fifa, de alterar el curso del torneo con la polémica decisión sobre Folarin Balogun dejó un olor difícil de ignorar. La organización centralizada por Fifa, sin un comité local fuerte, se convirtió en una advertencia para futuros torneos: la eficiencia no siempre compensa la falta de arraigo.

Al final, el Mundial dejó una certeza: el fútbol ya no pertenece a un puñado de países ni a un solo continente emocional. Se juega en el Azteca, en Toronto, en Seattle, en Miami, en Monterrey bajo la lluvia y en Kansas City convertida en base inglesa. Lo disputan Rodri y Mbappé, Messi y Haaland, pero también Vozinha, Sidny Lopes Cabral, Pico Lopes o Eloy Room.

La pregunta ya no es quién manda en el viejo mapa del fútbol. La cuestión, tras este torneo, es cuántos nuevos puntos de luz se encenderán en el próximo.

Mundial 2023: drama, héroes inesperados y nuevas geografías del poder