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Manchester City supera nervios iniciales ante Coventry City

El campeón de la Premier League esperaba una tarde plácida ante el Coventry City de Frank Lampard, hundido en la tabla y sin puntos, pero Gianluigi Donnarumma decidió convertir el arranque en un ejercicio colectivo de nervios.

En apenas ocho minutos, el italiano encendió todas las alarmas en el estadio con una cadena de errores impropios de su currículum. El primer susto serio llegó con una jugada que, sobre el papel, debía ser rutinaria: un pase atrás sencillo de Abdukodir Khusanov. De repente, el exguardameta del PSG pareció quedarse congelado, sorprendido por el balón. La pelota se le escurrió, rodó hacia la línea de gol y el tiempo se detuvo. Donnarumma reaccionó a la desesperada, se lanzó sobre el césped y logró sacarla in extremis, justo antes de que cruzara por completo la línea.

Las repeticiones volaron a los móviles y las redes sociales ardieron al instante, llenas de debates y fotogramas congelados. ¿Había entrado del todo? Muchos aficionados rivales no tardaron en acusar a los campeones de salir indemnes gracias a una decisión benévola.

El episodio, lejos de calmar a los locales, los dejó aún más agarrotados. La zaga perdió su habitual serenidad y cada pase hacia atrás se convirtió en una pequeña prueba de fe. Para un portero del peso específico de Donnarumma, el inicio resultó desconcertante, más aún ante un Coventry que había perdido sus dos primeros partidos y llegaba sin un solo punto. Su juego con los pies, titubeante, y sus dudas en la toma de decisiones abrieron una rendija de esperanza para los visitantes, que empezaron a creer en un golpe mayúsculo en este arranque de temporada.

Si la acción sobre la línea había sido una advertencia, la siguiente jugada rozó el desastre total para el Manchester City. Un pase horizontal mal medido en la línea defensiva dejó el balón servido para Taiwo Awoniyi. El delantero nigeriano olió la sangre, atacó el espacio y se plantó solo ante Donnarumma, con todo el campo inclinándose hacia la portería local.

Era la ocasión con la que sueñan los atacantes. Tiempo, espacio y un guardameta expuesto. Awoniyi cargó con el peso de las expectativas de su país y de su propio historial en la Premier, pero falló en el momento clave: su disparo se marchó desviado, desperdiciando una oportunidad magnífica para adelantar al Coventry y silenciar el estadio.

Ese error cambió el aire del partido. Tras sobrevivir al vendaval inicial y a sus propios fantasmas, el Manchester City empezó a reconocerse. El balón circuló con más intención, las líneas se juntaron y, como tantas veces, apareció la figura que ordena el caos: Erling Haaland.

El noruego, empeñado en reescribir los libros de récords semana tras semana, se convirtió en el epicentro de todo lo bueno de los campeones. Cada centro al área buscaba su silueta, cada ataque parecía diseñado para encontrar su remate. Del otro lado, Carl Rushworth sostuvo al Coventry con intervenciones de mérito, alargando la resistencia visitante todo lo que pudo.

Pero Haaland no perdona eternamente. La presión terminó por romper el dique. Un centro preciso al corazón del área encontró al delantero en su zona favorita. Desmarque corto, salto poderoso y cabezazo seco desde muy cerca. Gol. 1-0 y alivio en la grada justo antes del descanso.

El remate, clínico, volvió a exhibir la superioridad aérea del noruego y dejó una lección cruel para el Coventry: en casa del campeón, las ocasiones que se fallan se pagan. Y caras.