canchaygol full logo

Arsenal inicia defensa del título con victoria ante Coventry

La Premier League ha vuelto y Arsenal también. No con fuegos artificiales ni giros de guion dramáticos, sino con algo que Mikel Arteta llevaba tiempo persiguiendo: una victoria de campeón que parece rutina. Un 3-0 limpio a Coventry, sin sobresaltos, sin sufrimiento, casi como si el campeón estuviera probando el nuevo software antes de poner el motor a tope.

Retener la liga nunca es sencillo. Ganarla tampoco lo fue para este Arsenal. El desafío ahora es otro: cómo gestionar esa nueva gravedad, cómo seguir hambriento cuando ya has tocado la cima. No va de épica a lo Roy Keane, de vivir cada título como un acto de autoagresión competitiva. En este equipo se trata de encontrar otros ritmos, marchas más profundas, hacer que estas noches se sientan menos dolorosas, incluso menos interesantes desde el drama… porque el trabajo ya está hecho a los 60 minutos.

En el Emirates, la primera fase de ese plan se cumplió sin temblores.

Un Arsenal en piloto automático

Dos certezas dejó el estreno. La primera: Arsenal ganó este partido con una comodidad que pocas veces mostró en las dos últimas temporadas. Parecía un equipo en modo demostración, tocando, acelerando cuando quería, bajando pulsaciones cuando le convenía. Coventry, directamente, se vio arrastrado por algo más rápido, más preciso, mejor engranado de lo que muchos de sus jugadores habrán visto de cerca.

La segunda: Martin Ødegaard volvió a parecer Martin Ødegaard. No el futbolista apagado y tocado físicamente del último curso, sino esa figura hiperactiva y fina que había definido al Arsenal campeón. Fueron 75 minutos, 72 toques, 55 pases cortos, casi todos de esos que rompen medio metro de presión y giran el juego. Nada estridente. Todo influyente.

Sin un gran fichaje ofensivo que acaparara portadas, la mirada se posaba inevitablemente en él. ¿Podía recuperar su mejor versión? Ødegaard, cuando está bien, es un pequeño motor perpetuo: presiona, roba, se perfila, toca al primer toque, detecta huecos que otros ni miran. Tiene la apariencia de joven ejecutivo de una gran consultora y los pies de un chico de fútbol de jaula.

Ante Coventry, esa mezcla volvió a aparecer.

El gol más feo… y más importante

Su gol, el tercero de Arsenal, llegó en el minuto 48 y será el clip que dé la vuelta a los resúmenes. No por su belleza, precisamente. En el momento del remate, la jugada tuvo algo de parodia, de gol de programa de televisión ochentero, pero el camino hasta ahí fue puro Ødegaard.

El noruego arrancó la acción donde más daño hace: justo detrás de la línea de ataque, tirando de los hilos. Condujo, eligió, esperó. Soltó un pase retrasado y medido a Ben White, se deslizó hacia un espacio libre en el área, siempre disponible, siempre ofreciéndose. Y entonces llegó el desenlace.

Ødegaard tiene una forma extraña de golpear el balón a veces. No ataca la pelota con el gesto clásico del mediapunta goleador; se le acerca de lado, conecta con el pie en un ángulo raro, casi como un “tocho” potente. Esta vez directamente la tocó mal delante del arco. Pero el balón salió flotando, con una parábola extraña, hacia la izquierda de Carl Rushworth. El portero estiró el brazo, manoteó al aire, como un gato intentando atrapar una sombra en la pared. Y la pelota terminó dentro.

Ødegaard se echó a reír mientras celebraba. La sonrisa era por la estética del gol. La celebración, en cambio, era muy seria: era su primer tanto en el Emirates desde diciembre. Un peso menos. Un marcador de que la brújula vuelve a apuntar al norte.

Entre ese gol y todo lo que hizo alrededor, apareció otro detalle clave: la vieja sociedad con Bukayo Saka empezó a encenderse de nuevo. Justo antes del descanso, se dedicaron a jugar entre ellos, pared tras pared, seis o siete toques cortos en espacios mínimos, hasta que liberaron a Declan Rice para un disparo que se fue por poco. Era una escena conocida. Ahí estaban otra vez “los tipos”, conectando con algo que se ve muy poco en la élite: un sentido del juego compartido, de invención, de puro placer en el pase al compañero.

Clásico aroma de Premier, guion muy actual

El norte de Londres se presentó fresco, casi frío, para el inicio. El cartel Arsenal–Coventry tiene un aire de “Classic Barclays”: recuerdos de delanteros corriendo a los canales, televisores con efectos de sonido estridentes y presentadores bronceados en agosto.

En la banda, Frank Lampard y Mikel Arteta parecían sacados del mismo catálogo: pantalón negro, jersey negro de cuello subido, zapatillas negras con suela blanca. Dos entrenadores vestidos como si fueran a una jornada de golf ejecutivo ninja, pero con 90 minutos de tensión por delante.

El primer golpe llegó pronto, en el minuto 15, y fue una jugada de tres toques de alta gama. Christos Tzolis metió la pierna con decisión en la banda derecha, le robó la pelota a Milan van Ewijk y la sirvió a Riccardo Calafiori. El italiano no dudó: pase raso, duro, cruzando la frontal del área, trazando un arco estrecho hasta Kai Havertz. El alemán, sin controlar, conectó una volea de zurda tan relajada que uno casi podía imaginarlo jugando con unas zapatillas de cuero hechas a medida para un salón, no con botas.

El 2-0 no tardó en caer. Coventry se vio de pronto rodeado, desbordado por un ritmo que no podía igualar. Rice aceleró en conducción, atacó el espacio, rompió líneas. Y otra vez apareció Ødegaard, con ese toque corto y sutil que no sale en las portadas pero cambia la jugada: el pase que habilita el pase, el pequeño giro que abre el lado débil, la asistencia de la asistencia. El balón se fue a banda, llegó el centro definitivo y el partido empezó a parecerse a lo que fue: un trámite controlado.

Eso es, en el fondo, lo que este Arsenal quiere que sean muchos de sus partidos de liga. No una montaña rusa emocional, sino una sucesión de noches como esta, con el campeón imponiendo su guion sin necesidad de gritar.

Si Ødegaard mantiene este nivel y la sociedad con Saka vuelve a encenderse semana tras semana, la pregunta ya no será si Arsenal puede retener el título, sino cuán aburridamente eficiente puede llegar a ser su defensa de la corona.