Nicolás Pépé transforma a Costa de Marfil en el Mundial
Hace siete meses estaba fuera de todo. Ni siquiera entró en la lista para la Copa Africana de Naciones. Hoy, en Filadelfia, Nicolás Pépé volvió del ostracismo para convertirse en el hombre que cambia el destino de Costa de Marfil en un Mundial.
El extremo, renacido en Villarreal tras su gris despedida del Arsenal, firmó un partido que explica por sí solo por qué Emerse Faé decidió recuperarlo para la causa.
Gol temprano, mensaje claro
El reloj apenas marcaba el minuto 7 cuando llegó el aviso definitivo. Un malentendido en la zaga de Curazao, Yan Diomande que lee el error y sirve el balón, y Pépé que no perdona: control, sangre fría y definición rasa. Uno a cero. Costa de Marfil encontraba pronto la ventaja y su nuevo líder se presentaba al torneo.
Curazao no se derrumbó. La selección caribeña, el país más pequeño por población en esta Copa del Mundo ampliada de 2026, compitió con dignidad y personalidad. Juninho Bacuna tuvo la ocasión que pudo cambiar el guion justo antes del descanso: mano a mano, tiempo para pensar… y oportunidad desperdiciada. Ese fallo pesó como una losa.
La sensación era clara: si Costa de Marfil apretaba el acelerador, el partido podía romperse.
El zurdazo que selló la noche
La sentencia llegó en el minuto 65 y llevó la firma más reconocible de Pépé. Recorte, espacio mínimo y un latigazo de zurda a la escuadra. Un gol “vintage”, de los que recordaban sus mejores días, esta vez vestido de naranja marfileño. Dos a cero y una declaración de intenciones: el jugador que parecía haber quedado atrás en Londres ha recuperado filo en España y ahora lidera a su selección en el mayor escaparate posible.
El rendimiento del extremo justificó al detalle la apuesta de Faé. El seleccionador lo había rescatado cuando muchos lo daban por amortizado en el contexto internacional. Hoy, su decisión se siente como un punto de inflexión.
Un muro atrás, un grupo en crecimiento
El marcador explica parte de la historia. La otra se ve en la solidez. Costa de Marfil no encajó y apenas permitió dos disparos a puerta de Curazao. Yassin Fofana respondió cuando tuvo que hacerlo, pero la estructura defensiva marfileña ya transmite algo nuevo: madurez, concentración, oficio.
Faé, pese a la noche de Pépé, no quiso reducir el triunfo a un solo nombre. Insistió en el colectivo, en un vestuario que parece encontrar su punto justo de mezcla entre hambre y serenidad.
“Este grupo está creciendo. Todos están en su primer Mundial, pero están creciendo bien, es un equipo que se mantiene unido. Incluso los que pelean por el mismo puesto se ríen juntos, siempre juntos. Tenemos una competencia sana que ayuda a que cada jugador dé lo mejor”, subrayó el técnico.
Su mensaje a la afición fue igual de directo: disfrutar, celebrar, pero seguir empujando desde fuera. Para Faé, dejar la portería a cero es tanto un dato como un impulso anímico. “No todo fue perfecto, pero no encajar es bueno para nuestra moral. Ahora el grupo tiene que bañarse en esta victoria. Es fácil recuperarse después de un triunfo”, apuntó.
Una barrera histórica derribada
Durante años, la narrativa de Costa de Marfil en los Mundiales se resumía en una frustración recurrente. Ni con Didier Drogba ni con Yaya Touré ni con aquella llamada “Generación Dorada” lograron superar la fase de grupos en 2006, 2010 y 2014. Grandes nombres, grandes expectativas… y el mismo muro.
En Filadelfia, ese techo se rompió por fin. Con seis puntos y el segundo puesto del Grupo E, los Elefantes alcanzan por primera vez los cruces. No es un simple dato estadístico: es un cambio de era para una selección que durante demasiado tiempo se quedó a las puertas cuando más dolía.
Esta vez, el paso adelante llegó con otros protagonistas, otro técnico y otro tipo de liderazgo. Menos mito, más equipo. Y un Pépé que se ha ganado el derecho a ser el nuevo referente.
Curazao se despide, pero deja huella
Para Curazao, la aventura termina en la fase de grupos, pero su historia ya está escrita como una de las más entrañables de esta Copa del Mundo ampliada. El empate ante Ecuador demostró que no habían viajado solo a hacer bulto; ante Costa de Marfil, compitieron hasta el final, sin complejos.
La “Blue Wave” nunca fue un sparring. Presionó, corrió, buscó la portería y obligó a los africanos a mantener la concentración hasta el último minuto. Les faltó colmillo en el área rival, pero no carácter.
Su seleccionador, Advocaat, lo resumió con orgullo: este equipo se ha “superado a sí mismo” frente a rivales de primer nivel, recordando el valor de los extremos marfileños, “que valen 50 millones cada uno”. El objetivo inicial estaba claro: entrar en la Gold Cup. Una vez logrado, el sueño se amplió hasta el Mundial. Y lo cumplieron.
Preguntado por la posibilidad de volver a clasificarse para otra Copa del Mundo, el técnico se quedó con la imagen reciente: “Cuando ves cómo jugamos el segundo y el tercer partido, eso es muy prometedor”. No son palabras vacías; el nivel mostrado deja la puerta abierta a que esta no sea una aparición aislada.
Francia, Noruega… y el desafío de creer
El torneo entra ahora en la fase de eliminación directa. Costa de Marfil ya sabe que en el camino espera un gigante europeo: la Francia de Kylian Mbappé o la Noruega de Erling Haaland. Dos nombres que imponen solo con ser pronunciados.
Pero la sensación en torno a los Elefantes ha cambiado. Con un Pépé en plena forma, una defensa que se ha vuelto áspera de superar y un vestuario que respira armonía, la etiqueta de “tapado” empieza a encajarles peligrosamente bien.
La vieja Costa de Marfil se estrellaba en la fase de grupos. Esta nueva versión acaba de derribar esa barrera. La pregunta ya no es si están preparados para competir. La verdadera cuestión, a estas alturas, es hasta dónde se atreven a soñar.





