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Mary Fowler: la lesión que transformó su vida y su juego

Mary Fowler, la lesión que le cambió la cabeza: “Descubrí quién era sin el fútbol”

Durante diez meses, Mary Fowler miró el fútbol desde lejos. No como una espectadora cualquiera, sino como alguien que, de repente, había perdido su rutina, su independencia y el principal pilar de confianza de su vida. Y, aun así, la australiana habla de ese periodo con una serenidad que descoloca.

“Raramente, me lo pasé bien mientras estuve fuera”, admite. La palabra que usa para describir el diagnóstico, sin embargo, es otra: “devastador”.

El miedo a no saber qué venía después la golpeó fuerte. Estaba a 10.000 millas de casa, en un país distinto, sin la red de apoyo familiar más cercana. La soledad pesaba.

Fowler siempre se ha visto como alguien autosuficiente, ordenada, con sus tiempos y sus espacios muy claros. La lesión le arrancó todo eso de un plumazo. De repente, necesitaba ayuda para casi todo. “Tuve que depender de la gente”, cuenta. Cuando asumió esa realidad, llegó la revelación: el fútbol nunca había sido “todo” para ella. Importante, sí. Pero no lo único. Y a partir de ahí, cambió el enfoque. Empezó a ver esos meses como un regalo extraño: tiempo para hacer otras cosas. Y lo aprovechó.

Redescubrirse lejos del césped

Ese “otro yo” apareció en muchas formas. Escribió su libro. Se subió a la pasarela en la Paris Fashion Week. Volvió a conectar con su amor por el arte. Se permitió, como dice ella misma, “desconectar un poco del fútbol y de mi identidad como futbolista” para explorar quién era Mary sin un balón de por medio.

Hasta los detalles más pequeños se convirtieron en una puerta nueva. Antes, ir a entrenar era rutina pura: equipación, trabajo y vuelta a casa. Lesionada, decidió que necesitaba levantarse el ánimo de otra manera. Empezó a arreglarse más, a jugar con la ropa, a encontrar confianza en algo que no fuera su rendimiento sobre el césped. “Es una tontería, pero formó parte de descubrir quién era Mary sin el fútbol como pilar principal de confianza”, explica. Y le gustó lo que encontró.

Ese proceso personal caminó de la mano con otro igual de importante: una rehabilitación que, lejos de ser un castigo diario, se convirtió en un espacio luminoso. Fowler no escatima elogios para el cuerpo técnico de City, al que atribuye haber hecho de su recuperación algo “muy disfrutable”, gracias a la energía y el nivel de profesionalidad que encontró cada día. “Celebraban mis progresos. Siempre sentía que tenía algo bueno a mi favor”, resume.

Ayudó, y mucho, el contexto competitivo. El equipo volaba. City se lanzó a por el título de la WSL y el ambiente en el vestuario era el de un grupo que olía a campeón. Para una jugadora de 23 años condenada a ver los partidos desde el banquillo o la grada, podría haber sido frustrante. Para Fowler, fue lo contrario: un motivo más para levantarse cada mañana y entrar al edificio con ganas, aunque no pudiera pisar el campo.

El regreso: del Etihad al gran escaparate asiático

El primer gran hito de su vuelta llegó en un escenario gigante. Entró desde el banquillo en los minutos finales del 5-1 de City a Chelsea en el Etihad Stadium, una goleada que prácticamente liquidó la carrera por el título de la WSL a principios de febrero. Ese día fue simbólico: la lesión empezaba a quedar atrás.

El verdadero examen físico, sin embargo, llegó unas semanas después, en la Asian Cup. Australia la necesitaba y Fowler respondió. Cinco titularidades en 17 días, camino de una final que confirmó el peso competitivo de las Matildas. Ella misma reconoce que vivió el torneo en una especie de tira y afloja interno. Por un lado, la ambición de rendir al máximo. Por otro, la realidad del cuerpo: “Acababa de volver”.

Decidió rebajar sus expectativas antes de que rodara el balón. Entrar con la cabeza limpia. Aun así, dejó huella. Marcó en la victoria ante Irán y repartió asistencias clave frente a China y Corea del Sur. No se sintió perfecta, ni mucho menos. Hubo momentos en los que su mente veía la jugada clara y sus piernas no respondían al mismo ritmo. Esos segundos de desconexión la obligaron a recordarse una palabra que ahora la acompaña siempre: paciencia. “Ya volverá”, se repetía.

Ese “ya volverá” tiene una fecha marcada en rojo: el próximo Mundial. Australia, semifinalista en 2023, ya tiene billete para la cita y Fowler se aferra a lo que vivió en la Asian Cup como combustible. El torneo le dio satisfacción, sí, pero también una sensación de hambre difícil de disimular. Sintió que había hecho cosas importantes… y que aún le quedaba mucho más por dar.

Gol a Chelsea, títulos con City y una deuda personal

Esa ambición se trasladó de inmediato a su club. El golazo a Chelsea en las semifinales de la FA Cup fue la mejor tarjeta de presentación de la nueva versión de Fowler: decisiva, vertical, capaz de inclinar partidos grandes. Fue también la prueba de que no había vuelto solo para completar minutos, sino para influir en una temporada histórica para City.

El club rompió una espera de diez años para volver a reinar en la WSL y puso fin a seis años sin levantar la FA Cup. Fowler, que aterrizó en Manchester en 2022, llevaba tiempo rozando los trofeos sin poder tocarlos. Esta vez, por fin, el esfuerzo se tradujo en metal.

Ella lo vive con una mezcla de orgullo colectivo y exigencia personal. “Quiero sentir que he contribuido de alguna forma”, admite. Sabe que el fútbol también se construye desde el vestuario, en el día a día, fuera del foco. Pero el deseo es claro: dejar huella sobre el césped. Y lo hizo. City se sacudió los fantasmas de temporadas anteriores, en las que se había quedado corta en los momentos clave, y levantó sus primeros títulos desde que la australiana viste de celeste.

“Fue muy especial. Incluso sin estar siempre en el campo, sentí lo que significaba”, explica.

Lleva varios años dentro del grupo, ha vivido de cerca las ocasiones perdidas y las ligas escapadas en el tramo final. Por eso, ver a sus compañeras coronar una temporada de trabajo constante tuvo un sabor distinto. “Siempre he dicho que este grupo de chicas es especial. Parecía un equipo destinado a ganar algo, pero nunca terminábamos de llegar. Verlas, por fin, levantar ese trofeo fue tremendamente gratificante.”

De perseguidoras a objetivo a batir

El escenario ahora cambia por completo. City ya no mira hacia arriba. Es el equipo al que todos quieren destronar. Campeón de la WSL, campeón de la FA Cup, referencia inmediata del fútbol inglés. Lo lógico sería temer una relajación, una mínima bajada de intensidad. Dentro del vestuario, el mensaje es el contrario.

El técnico Jeglertz lo ve cada día. Habla de una confianza serena, sin estridencias, combinada con una curiosidad permanente: cómo dar el siguiente paso, qué ajustar para ser un poco mejores. Esa inquietud competitiva es la que el club quiere sostener durante toda la temporada.

Fowler coincide. Describe un grupo sin egos desmedidos, sin jugadoras que confundan ambición con arrogancia. Lo que sí hay es un estándar altísimo. Nadie se conforma. Esa exigencia interna, dice, es lo que les permite rendir cada fin de semana y lo que hace que el equipo se divierta jugando a un nivel tan alto. Antes, reconoce, quizá faltaba algo en la mentalidad: la convicción real de que podían ganar. Ahora, con los títulos ya en las vitrinas, la sensación es otra: “Eres capaz. Puedes hacerlo otra vez.”

Para sostener ese listón, el club ha añadido más talento probado. La llegada de Beth Mead, dos veces campeona de Europa con Inglaterra y ganadora de la Champions con Arsenal, y de Niamh Charles, otra pieza de la selección campeona de la Eurocopa e integrante de un Chelsea dominante, eleva la competencia y el nivel del grupo. Fowler destaca que City acierta al fichar jugadoras que encajan en la dinámica del vestuario, no solo en el plano futbolístico.

Una temporada completa por delante

Entre todas esas piezas, el regreso pleno de Fowler es una de las mejores noticias. Procesó sus diez meses fuera con una madurez poco habitual a su edad. No se hundió. Aprovechó el parón para mirarse al espejo y entender quién era sin el balón. Pero nunca perdió de vista el objetivo final: volver.

“Tenía muchas ganas de regresar para hacer que ese momento sucediera, como el punto final a todo el trabajo que todos habían hecho para devolverme al campo”, confiesa. El círculo se ha cerrado. Ahora empieza otra cosa.

Una temporada entera por delante, sin limitaciones físicas, con la confianza de haber sobrevivido a la peor cara del fútbol y la certeza de que su techo aún está lejos. City ya sabe lo que puede ofrecer cuando está bien. La pregunta, a partir de aquí, es cuántos partidos grandes volverá a cambiar con un solo toque. Y cuánto puede empujar todavía a un campeón que no parece tener ninguna intención de levantar el pie.