Marruecos congela el sueño neerlandés en la tanda de penaltis
La historia de este partido se escribió en los detalles. En un cabezazo, en un travesaño, en una estirada imposible y, al final, en la calma helada de un penalti decisivo. La selección de Marruecos tumbó a Países Bajos en la tanda y apagó el anhelo neerlandés de conquistar por fin su primera Copa del Mundo.
El técnico neerlandés movió el banquillo tarde, casi a la desesperada. Hato saltó al campo a cuatro minutos del final del tiempo reglamentario para ocupar el carril izquierdo, sustituyendo a Micky van de Ven, con la ventaja mínima todavía intacta. En el marcador mandaba el tanto de Cody Gakpo, que había roto el equilibrio en el minuto 72 con la frialdad de los grandes en un escenario que quemaba.
Parecía suficiente. No lo fue.
Marruecos llevaba rato llamando a la puerta. Bart Verbruggen ya había tenido que multiplicarse con varias intervenciones de reflejos felinos, sosteniendo a una defensa cada vez más hundida. Achraf Hakimi, siempre desafiante, había estampado un disparo en el larguero que hizo temblar no solo la portería, también las certezas neerlandesas.
La recompensa marroquí llegó cuando el reloj se adentraba en el descuento. En el primer minuto del añadido, Issa Diop, central del Fulham, se elevó con autoridad y firmó un cabezazo brutal, imposible para Verbruggen. Un empate tan merecido como demoledor para Países Bajos, que veía cómo se le escapaba el control del duelo en el último suspiro.
El golpe anímico fue evidente. Marruecos olió la sangre y se lanzó a por el partido en la prórroga. El ritmo bajó, las piernas pesaron, pero la tensión subió un peldaño más. Y ahí volvió a emerger Verbruggen. El guardameta neerlandés firmó una de las paradas del torneo ante Soufiane Rahimi, que había entrado desde el banquillo para agitar el ataque africano. Mano salvadora, reflejos de élite, y un mensaje claro: si Países Bajos caía, no sería por su portero.
No bastó para evitar la ruleta rusa.
La tanda de penaltis fue un ejercicio de nervios rotos. Nada de ejecución clínica, nada de series perfectas. Caos puro. Entre los cuatro primeros lanzamientos de cada equipo, hubo dos fallos por lado y un dato llamativo: ninguno de esos penaltis errados encontró siquiera portería. El escenario, lejos de tranquilizar, se volvía cada vez más denso, más pesado.
Entonces apareció Yassine Bounou. El guardián marroquí, especialista en estas noches de alto voltaje, leyó a la perfección el lanzamiento de Crysencio Summerville. Se adelantó mentalmente a la jugada, se lanzó a su derecha y sacó una mano firme, poderosa, para desviar el disparo. Una parada que cambió el aire del estadio.
Con esa atajada, la responsabilidad se volcó sobre Ismail Saibari. Un lanzamiento para hacer historia, para derribar a uno de los grandes aspirantes en la sombra. Saibari no dudó. Ejecutó con contundencia, envió el balón al fondo de la red y desató la celebración marroquí. Países Bajos se quedó helada, consciente de que su sueño mundialista volvía a romperse justo cuando parecía más al alcance.
La tanda cerró una noche en la que dos de los llamados tapados del torneo se miraron de frente y no se guardaron nada. Marruecos sobrevivió al talento neerlandés, a las manos de Verbruggen y a la presión del momento. Países Bajos, pese al gol de Gakpo, las paradas de su portero y el intento tardío de recomponer el dibujo con Hato, se marcha con la sensación más dura: la de haber rozado otra oportunidad histórica y verla desvanecerse desde los once metros.





