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Jackie Bachteler: De la UCI al banquillo en Turf Moor

Jackie Bachteler se sentará el domingo por primera vez en el banquillo de Turf Moor como entrenadora del Burnley. Hace nueve meses, pensaba que no volvería a caminar. Ni a respirar sin ayuda. Ni, desde luego, a dirigir un equipo de fútbol.

Ese contraste lo dice todo.

La estadounidense, de 37 años, llegó al club en diciembre para trabajar con el primer equipo femenino y la academia masculina. Era el siguiente gran paso en una carrera construida entre pizarras, vestuarios y vuelos transoceánicos. Venía de San Diego, cargada de ilusión. Tres semanas después, estaba en una cama de hospital, conectada a dos vías, con una mascarilla de oxígeno y un diagnóstico que le cambió la vida: sepsis.

“Pensé: ‘esto es todo’”

Al principio, nada parecía tan grave. Nuevo país, nuevo clima, nuevo ritmo. Bachteler achacó el cansancio y el malestar a un resfriado, al jet lag y a la exigencia de los primeros días. Hasta que una mañana, al entrar en la ciudad deportiva, todo se derrumbó.

“La habitación entera empezó a girar”. Salió a buscar aire fresco, pero le costaba respirar. Sabía que algo no encajaba. Llamó al médico del club. El doctor del equipo masculino estaba allí y la examinó de inmediato.

La tensión arterial se desplomaba. Los niveles de oxígeno estaban por los suelos. La ambulancia no tardó.

“Para ser sincera, pensé que me iba a morir. Tenía esa sensación en el cuerpo de ‘esto es todo’. Sabía que algo iba muy mal”, contó a BBC Sport.

En urgencias le dieron tratamiento para los pulmones e intentaron mandarla a casa. Ella se negó. Insistió en que le hicieran más pruebas. Esa insistencia, hoy, la separa de una historia con otro final.

Volvieron a medirle la tensión: cayó en picado. No podía caminar. Mareos, confusión, manchas en la piel. Un análisis de sangre desató la alarma: de repente, cuatro o cinco médicos corriendo hacia su camilla. Dos vías intravenosas, fluidos, antibióticos, mascarilla de oxígeno. Directa a la UCI.

Pasó varios días en cuidados intensivos, con análisis de sangre cada 20 minutos y controles constantes de sus órganos. Sola.

Su familia, en Estados Unidos, no podía viajar. Su esposa, en Finlandia, atrapada por una tormenta de nieve. Sin nadie a su lado y sin entender del todo qué estaba ocurriendo.

“Al tercer día en el hospital intenté levantarme y no pude. Las enfermeras me dijeron que no caminara y cuando escuchas eso, se te encienden todas las alarmas”, recuerda. “Era tratamiento tras tratamiento para los pulmones, fluidos y antibióticos. Necesitaba ayuda hasta para ir al baño. Estuve muy cerca de enfrentarme de verdad a mi propia mortalidad. Te cambia la perspectiva”.

Aprender a caminar… y volver a dirigir

Salir del hospital no significó volver a la normalidad. Ni mucho menos. Bachteler tuvo que aprender a caminar de nuevo. El fútbol quedó en pausa. La carrera que tanto había cuidado se congeló mientras su cuerpo trataba de recomponerse.

Burnley la esperó.

En julio, el club la anunció como nueva entrenadora del equipo femenino. Un gesto que fue mucho más que un nombramiento: era una mano tendida a alguien que aún estaba reconstruyéndose.

Porque la historia no se cerró con el alta médica. Bachteler sufre síndrome post-sepsis: mareos recurrentes, fatiga extrema, niebla mental, pérdidas de memoria, temblores cuando el cuerpo se ve forzado. El día a día sigue siendo una prueba.

En un amistoso de pretemporada, lo volvió a sentir.

Hacía calor, el sol pegaba de lleno sobre el banquillo. Se levantó en la segunda parte y el mundo se le fue de nuevo. “Era como cuando has bebido demasiado vino, te levantas y dices: ‘¡guau!’”. Aun así, dio instrucciones, habló con el equipo… y luego se fue directa a la cafetería del recinto.

“Les dije: ‘¿Puedo sentarme en vuestro congelador?’ Solo necesitaba calmarme. Y empecé a llorar, porque mi sistema nervioso sigue recuperándose y ha sido realmente, realmente duro”.

El club no la ha dejado sola. Ella misma asegura que los médicos de Burnley le salvaron la vida y la pusieron en contacto con un especialista respiratorio. El cuerpo técnico ha asumido responsabilidades, los jugadores le han enviado mensajes de apoyo. “Fenomenales”, los llama.

El golpe emocional más duro: la familia

El respaldo profesional ha sido clave, pero el peso emocional lo ha sentido sobre todo en casa. O lejos de ella.

En mayo, con sus padres recién llegados desde Estados Unidos, vivió una de las escenas más duras. Fueron a comer un domingo. Ruido, gente, ambiente. Demasiado.

Se mareó. Tuvo que salir del restaurante. “Mientras caminábamos de vuelta, estaba temblando y no sabía dónde estaba”. Sus padres rompieron a llorar. Los dos. Ver a su hija, atleta, entrenadora, incapaz de orientarse, les golpeó de lleno.

“Creo que fue aún más duro para ellos. Me emociono cada vez que hablo de mi familia en relación con esto”, admite.

Cuando su esposa por fin pudo verla en el hospital, también se derrumbó. No la reconocía. El peso perdido, la fragilidad de alguien que siempre había sido fuerte, en forma, activa. “Soy muy atlética y muy en forma, y de repente no podía ni caminar. Tenía que sujetarme para bajar las escaleras”.

Hoy sigue con terapia respiratoria para mejorar la capacidad pulmonar. Convive con la fatiga, la niebla mental, los fallos de memoria, los temblores y los mareos. Pero mira hacia adelante.

“Estoy definitivamente en un buen camino. Soy un 70-80% Jackie otra vez, y eso se lo debo al club, a los doctores de aquí y al NHS. Pero fue muy justo. Si me hubiera ido a casa aquel día cuando urgencias intentó mandarme de vuelta, hoy no estaría sentada aquí”.

El fútbol, en su sitio

La casi muerte ha recolocado todo. También el fútbol.

“Una derrota es una derrota. Creo de verdad en lo que hago y en la gente con la que lo hago. Ahora, lo peor que puede pasar es que perdamos un partido”.

Esa frase marca un antes y un después. No rebaja su ambición. La enmarca. Le da contexto a lo que pasa en el césped.

El domingo, Burnley recibirá a Sunderland en la Women’s Championship a las 14:00 (BST). Bachteler estará en el banquillo de Turf Moor. Será su primer partido oficial allí. Y no es un día cualquiera: coincide con el Día Mundial de la Sepsis.

No es casualidad que ella lo viva casi como un símbolo.

“Me di cuenta de que es una de las principales causas de muerte. Ni siquiera sabía qué era la sepsis antes. Pensaba que era algo que escuchabas en una serie médica”. No entendía su gravedad ni lo mucho que se pasa por alto, incluso por parte de profesionales. “La cantidad de gente afectada me dejó en shock. Es un asesino silencioso”.

Quiere usar el partido como altavoz. Como herramienta.

“Espero poder utilizar el encuentro para ayudar a otros a reconocer los signos y hacerles saber que no están solos. Más del 50% de los supervivientes tiene síndrome post-sepsis”.

El escenario no puede ser más potente: un estadio histórico, un banquillo de élite, un sueño profesional cumplido… y una fecha que le recuerda lo cerca que estuvo de no vivirlo.

“Estar de pie en el césped, haciendo algo que amo, con lo que he soñado cada día, y saber que eso casi no fue posible hace un año… es un poco poético que sea en el Día Mundial de la Sepsis”.

El domingo, cuando salga al borde del área técnica y mire a su equipo, el resultado contará. Siempre cuenta. Pero para Jackie Bachteler, el verdadero marcador ya va 1-0 a favor de la vida.