La experiencia de Tuchel en Ciudad de México
Diez contra once, 3-2, en casa del coanfitrión del torneo y en una Ciudad de México que rugía como si el techo fuera a venirse abajo. El tipo de partido que marca carreras y une generaciones. Para Thomas Tuchel, fue algo más: una experiencia tan desbordante que, al acabar, sintió que el fútbol se le había metido hasta en la piel… y casi también en el estómago.
“Le mandé un mensaje a un amigo después del partido y solo le escribí: ‘Me arrepiento de no haber comido un poco de césped después del partido para conservar algo de esto en mi cuerpo para siempre’. Ese era el sentimiento. Ese fue el momento”, confesó el técnico, aún atrapado por la magia de aquella noche.
No era una metáfora vacía. Era la forma más gráfica que encontró para explicar lo que significó sobrevivir a un duelo de eliminación directa, en el extranjero, con diez hombres y bajo una presión que no daba tregua. Una victoria heroica, pero también un punto de inflexión emocional.
El susto de Henderson que lo cambió todo
La euforia se desbordó con el pitido final. Saltos, abrazos, carreras hacia la grada. Y de repente, el golpe seco que heló la celebración: Jordan Henderson, por los suelos tras caer por encima de una valla publicitaria. Brazo roto. Silencio inmediato.
En una entrevista oficial con la FA, con Daniel Sturridge como interlocutor, Tuchel utilizó ese instante como prueba irrefutable del vínculo que se había creado dentro del vestuario.
“Este partido tuvo tanto de lo que podrías desear”, explicó. “Si necesitabas alguna prueba de lo que significaba para estos jugadores y de cómo estaban los unos con los otros, fue el momento en que Jordan se cayó y se rompió el brazo. En un segundo, los jugadores estaban allí. Cada uno de ellos, parando las celebraciones, formando un escudo, protegiendo a Jordan, sin moverse, en plena empatía. Fue simplemente especial”.
Ese círculo humano alrededor del capitán herido dijo más que cualquier charla motivacional. El equipo dejó de ser una suma de individualidades y se convirtió en un bloque dispuesto a frenar el mundo por uno de los suyos.
“Ahora siento que son mis jugadores”
Aquel abrazo colectivo en medio del caos dejó una huella que Tuchel ya ve como el pilar de lo que viene. No fue solo un triunfo épico. Fue el origen de una cultura de vestuario que, según el entrenador, ya mira de frente a la Euro 2028.
“Creó un vínculo enorme con estos jugadores. Siento que ahora son mis jugadores”, afirmó. “Esa es la belleza de todo esto. Tienes éxitos y momentos dolorosos juntos, pero pasas tanto tiempo con ellos que se crea un vínculo natural. Me alegra verlos. Me alegra retarlos, empujarlos, y estoy muy orgulloso de formar parte de esto”.
Éxitos, golpes, viajes, charlas interminables en hoteles y autobuses. De ahí nace esa sensación de pertenencia que Tuchel describe casi como una familia competitiva: cercana, pero exigente. No hay complacencia, sí responsabilidad compartida.
Del Mundial en EE UU a la Euro 2028
El recuerdo del Mundial en Estados Unidos sigue fresco. Diez partidos: ocho victorias, un empate y una derrota “dolorosa”, como la define el propio técnico. Un registro que no terminó en título, pero que para Tuchel es una base sólida, no una herida abierta.
“Estoy muy ilusionado”, aseguró. “Creo que dimos otro paso más y creo que estamos ahí. Es muy difícil prepararse para un Mundial en Estados Unidos, pero creo que es posible prepararse para una Eurocopa y nos preparamos en la Nations League Tier One”.
El plan es claro: convertir esa experiencia en combustible para el siguiente ciclo. Nada de derrumbarlo todo y empezar de cero. Se trata de construir sobre lo que ya existe.
“El objetivo es tener otros 10 partidos”, detalló. “Tuvimos 10 partidos en Estados Unidos: ocho victorias, un empate, una derrota dolorosa. Eso es algo sobre lo que construir. Todos tenemos derecho a mantener la cabeza alta y afrontar con valentía y positividad los próximos retos. Tenemos cuatro partidos de Nations League por delante, y ahí está el foco”.
Diez partidos más. Diez nuevas oportunidades para reforzar esa unión que se vio en Ciudad de México, cuando un equipo entero frenó la fiesta para proteger a uno de los suyos. Si esa noche fue lo bastante grande como para que Tuchel se arrepintiera de no comerse el césped, ¿hasta dónde puede llegar un grupo que ya ha probado lo que es sufrir y ganar juntos?






