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Tottenham se complica la salvación tras empate con Leeds

Tottenham Hotspur tuvo en sus manos una noche de desahogo y la dejó escapar. En un estadio atenazado por el miedo al abismo, un penalti de Dominic Calvert-Lewin firmó el 1-1 para Leeds United en el norte de Londres y devolvió a los locales a la realidad: la permanencia sigue en el aire.

Un triunfo en casa, el primero en liga desde diciembre, habría lanzado a los Spurs hasta los 38 puntos, cuatro por encima del West Ham United, 18º, con solo dos jornadas por jugarse. Habría sido un respiro después de una temporada que ha coqueteado demasiado con el desastre. Parecía hecho. Parecía.

Porque Mathys Tel, brillante y luego señalado, había encendido la noche nada más arrancar la segunda parte con un gol que olía a salvación.

De la euforia al golpe

El contexto no invitaba precisamente a la calma. Tottenham llegaba a la cita tras una racha de 15 partidos sin ganar en liga que lo había arrastrado hacia su primer descenso desde 1977. Solo dos victorias en 17 encuentros en casa. Un equipo grande jugando como si cada balón quemara.

Los dos triunfos seguidos a domicilio bajo el mando de Roberto De Zerbi habían cambiado el gesto, pero no borraban los fantasmas. La derrota agónica del West Ham ante Arsenal el domingo abría una puerta enorme: ganar a Leeds y construir un colchón antes de visitar a Chelsea, su rival más incómodo, el 19 de mayo.

La ocasión era demasiado grande como para no notar el temblor. Y se vio desde el inicio.

Tel, nervioso, despejó hacia el centro de su propia área en una acción que heló la sangre en la grada. Kevin Danso apareció al quite con una barrida salvadora y, poco después, Antonin Kinsky tuvo que sacar una mano milagrosa sobre la línea para evitar el gol de cabeza de Joe Rodon, viejo conocido en el Tottenham Hotspur Stadium.

Tottenham respondió como pudo. Richarlison malgastó una buena oportunidad con un remate mordido a las manos de Karl Darlow, y Palhinha envió alto una volea que parecía pedir red. El estadio no rugía: contenía la respiración.

Al filo del descanso, otro susto. Destiny Udogie derribó a Calvert-Lewin dentro del área. Parecía penalti claro, pero el VAR rescató a los locales: fuera de juego milimétrico del delantero. Un suspiro colectivo. Una advertencia.

Tel, del cielo al infierno

Al descanso, la sensación era de partido bloqueado, de equipo que juega contra el rival y contra su propio miedo. Tel, entrevistado por televisión antes de la reanudación, se mostró confiado: “lo haremos”, aseguró. Y durante unos minutos pareció tener razón.

Cinco minutos después del inicio del segundo tiempo, el francés bajó un balón alto con una caricia, levantó la cabeza y dibujó una rosca perfecta con la diestra. El disparo voló hacia la escuadra, imposible para Darlow. Golazo. Estallido en la grada. El tipo de golpeo que cambia una temporada, que limpia meses de angustia en un solo giro de tobillo.

El Tottenham se soltó. El ruido subió. La sensación de amenaza permanente se transformó en algo parecido a la esperanza. Por primera vez en mucho tiempo, el equipo se veía a sí mismo por encima de la línea roja.

Hasta que el partido decidió recordarles dónde están.

Con 20 minutos por jugarse, Tel intentó despejar de forma acrobática dentro del área. Quiso una chilena elegante; encontró la cabeza de Ethan Ampadu. Contacto claro. El estadio se quedó helado incluso antes del VAR. Jarred Gillett fue al monitor, vio la repetición y señaló el punto de penalti entre los lamentos de la afición local.

Calvert-Lewin no dudó. Carrera corta, golpe seco, balón a la red. 1-1 en el minuto 74. Y, de repente, fue Leeds quien olió la sangre.

Leeds se rebela, Kinsky sostiene a los Spurs

El gol cambió el paisaje. Tottenham, que ya venía frágil, se encogió. Leeds, liberado, empezó a atacar cada balón dividido como si fuera el último. Cada pérdida de los locales se convertía en una transición peligrosa. Cada despeje, en un síntoma de pánico.

De Zerbi, que ha sumado ocho puntos en sus primeros cinco partidos al frente pero sigue sin descifrar el enigma del rendimiento en casa, veía cómo su equipo se deshacía en los momentos en que más necesitaba firmeza. “Cometimos demasiados errores. Creo que merecimos ganar de todos modos, pero quizá la presión, el momento crucial de la temporada, nos pesó demasiado. Será duro hasta el final, hasta el último partido”, admitió después.

El tramo final fue un ejercicio de supervivencia. Leeds rozó el golpe definitivo en el tiempo añadido, que se estiró hasta los 13 minutos. Sean Longstaff conectó un disparo seco que se colaba, pero Kinsky, enorme, desvió el balón con la punta de los dedos hacia el larguero. La pelota golpeó la parte inferior de la madera y salió. El portero mantuvo con vida a los suyos.

Tottenham respondió con orgullo tardío. La entrada de James Maddison, en su primera aparición de la temporada, encendió un último arreón. El propio Maddison cayó en el área tras un contacto con Lukas Nmecha y los jugadores locales reclamaron penalti con desesperación. Gillett, esta vez, no quiso saber nada. Sin revisión que les salvara, los Spurs se quedaron con la sensación de otra oportunidad perdida.

Una salvación que se decidirá al límite

El empate deja a Tottenham 17º, con 38 puntos tras 36 jornadas. West Ham, con 36, respira muy cerca. La visita a Chelsea, su “bestia negra” reciente, se asoma como un examen de carácter más que de fútbol. Y, sobre todo, se dibuja ya en rojo la última fecha del calendario: Everton, en Londres, en lo que puede convertirse en una auténtica final por la permanencia.

De Zerbi ha insuflado algo de vida a un equipo que se caía a plomo, pero no ha logrado curar su síndrome de local. En una noche pensada para alejar fantasmas, Tottenham solo consiguió que se quedaran un poco más.

Tel, señalado por el penalti tras firmar un gol de cartel, se marchó con una mezcla de héroe y villano. Su entrenador lo defendió con cariño: “Es joven y es un talento. Le besaré y le abrazaré. No necesita muchas palabras”. Quizá tenga razón. Aunque en el norte de Londres ya no queda margen para el aprendizaje sin consecuencias.

Quedan dos partidos, dos finales y una pregunta incómoda: ¿tendrá este Tottenham la personalidad necesaria para no convertirse en el próximo grande en caer al vacío?