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Messi y la remontada épica: Argentina a la final de 2026

Lionel Messi terminó el partido con los ojos vidriosos, el corazón acelerado y a un paso de otra final de la Copa del Mundo. Argentina había estado contra las cuerdas ante Inglaterra, 0-1 abajo, hasta que el capitán decidió que no era noche para despedidas, sino para hazañas.

En la última media hora, el 10 volvió a torcer la historia. No hizo falta que marcara. Le bastó con crear. Con aparecer entre líneas, girar, filtrar, asociarse. Con fabricar dos jugadas que ya forman parte de la memoria albiceleste.

De la angustia a la explosión

Durante buena parte del segundo tiempo, Argentina chocó contra un muro. Inglaterra se replegó, defendió el gol y dejó que el reloj hiciera su trabajo. El campeón del mundo se asomaba al abismo.

Hasta que Messi empezó a encontrar grietas.

Primero, una acción que terminó en los pies de Enzo Fernández. El mediocampista, que hace ocho años le había escrito una carta pública pidiéndole que no abandonara la selección tras el golpe de 2018, convirtió el empate que mantuvo viva la campaña de 2026. De súplica adolescente a salvador mundialista. Un círculo perfecto.

Con el 1-1, el partido cambió de tono. Argentina se lanzó. Inglaterra se encogió. El estadio sintió el giro. El banco también.

En el minuto 72 apareció Rodrigo De Paul. Ingreso, intensidad inmediata y un mensaje claro: el mediocampo argentino no iba a rendirse. Se ofreció siempre, barrió, presionó, se metió en cada combinación en busca del hueco definitivo. Messi lo encontró.

En los últimos diez minutos, otra pincelada del capitán abrió la puerta para Lautaro Martínez. El delantero no perdonó. Remate, red, delirio. Argentina pasaba de la eliminación a la épica en un suspiro.

Un abrazo, una frase y un vestuario rendido al 10

El pitazo final desató la avalancha. Entre saltos, gritos y lágrimas, una imagen destacó sobre el resto: Messi abrazado a De Paul, casi aferrado a él, dejando escapar una frase que retrata el espíritu de este grupo.

“Los quiero, no nos íbamos a ir, boludo… Lo íbamos a hacer”.

No fue un discurso preparado. Fue una declaración de amor futbolero, de compromiso absoluto con un plantel que ha decidido llevarlo otra vez hasta el último partido. De Paul, uno de sus escuderos más fieles en la cancha y en el vestuario, no pudo contener la emoción.

Ese abrazo condensó años de frustraciones, finales perdidas, críticas feroces y, después, la redención de 2022. Muchos de los que hoy lo rodean crecieron idolatrándolo mientras sufrían las caídas de 2006 y 2010, y el golpe más duro, el de 2014. Ahora juegan para ampliar su legado y, de paso, escribir el propio.

Un liderazgo construido en amor y cicatrices

Lo que ocurre hoy en la selección argentina no se explica solo por talento. Se explica por una relación de devoción mutua. Messi lidera un vestuario que lo mira con admiración, pero también con cariño. Lo cuidan. Lo protegen. Juegan para él, pero también con él.

La carta de Enzo Fernández en 2018 es el símbolo de esa conexión. Aquella súplica para que el 10 no se retirara de la selección después de otra desilusión mundialista parecía un gesto aislado de un chico que soñaba con compartir cancha con su ídolo. Ocho años más tarde, ese mismo chico le devuelve el favor con un gol que mantiene a Argentina en carrera por otro título.

La escena de Messi, rodeado de compañeros que alguna vez fueron niños pegados a la televisión en 2006, 2010 o 2014, resume el cambio de época: ya no es el jugador que carga solo con el peso del país, sino el centro de una estructura que lo respalda con una fe inquebrantable.

España espera, la historia también

Argentina está a un partido de algo gigantesco. Si vence a España en la final, se convertirá en la primera selección en 64 años en defender con éxito el título de la Copa del Mundo. No se trata solo de repetir la gloria de 2022, sino de instalarse en una dimensión reservada para los elegidos.

Este grupo lo sabe. Messi también. Por eso su mensaje en el césped, entre abrazos y lágrimas, sonó a promesa cumplida y a desafío pendiente. No se iban a ir en semifinales. No de esta manera. No con él todavía al mando.

Ahora queda el último escalón. Una generación que creció llorando por las derrotas está a 90 minutos de consagrarse como una de las mayores selecciones de todos los tiempos.

La pregunta ya no es si lo merecen. Es si alguien será capaz de detener a un equipo que juega, sufre y gana como si todavía le debiera algo a su capitán.