canchaygol full logo

Lamine Yamal y la final soñada de España en Nueva York

Lamine Yamal tardó apenas unos minutos en pasar de la euforia a la declaración de intenciones. Todavía con el eco del 2-0 a Francia retumbando en el AT&T Stadium de Arlington, el joven prodigio lanzó su mensaje al mundo desde el vestuario: “nuevayol vamos por ti”. Nueva York como destino. La final del Mundial como objetivo real, no como sueño.

España ya está en el partido que decide el título de la FIFA World Cup 2026. Volará ahora hacia el New York-New Jersey Stadium para el gran duelo del domingo, donde le espera el vigente campeón Argentina o una Inglaterra que quiere reescribir su propia historia. Da igual el rival: la sensación es que esta España llega con una convicción que no se veía desde 2010.

Un adolescente al mando

A sus 19 años, Lamine Yamal no se limita a acompañar la historia; la está empujando. Ante Francia, en la primera semifinal mundialista de la historia en la que un equipo alineaba a dos titulares adolescentes —Yamal y Pau Cubarsí—, el atacante del Barcelona volvió a comportarse como un veterano.

La jugada que cambió el partido nació de su hambre. Minuto 22. Yamal olió el error, mordió a Lucas Digne, le robó la pelota y se lanzó hacia el área. El defensa francés terminó derribándolo dentro. Penalti. Sin estridencias, sin épica impostada. Simplemente un futbolista joven tomando decisiones grandes en momentos grandes.

Mikel Oyarzabal asumió la responsabilidad desde los once metros. Mirada fría, carrera corta, golpeo limpio. Gol. España por delante y el plan de Luis de la Fuente, en marcha.

Francia nunca encontró la forma de desmontarlo. La selección española manejó la posesión, marcó el ritmo y fue cerrando los espacios a un rival que, por momentos, pareció resignado a correr detrás del balón.

Control, pegada y un aviso anulado

Tras el descanso, la sensación de control se transformó en sentencia. Pedro Porro, incisivo desde el costado, encontró la sociedad perfecta con Dani Olmo. Pared, desmarque, definición rasa al palo más lejano. Otro golpe quirúrgico, otra demostración de que esta España ya no solo domina, también castiga.

El propio Lamine Yamal rozó el 3-0 poco después. Definió, celebró medio estadio, pero el banderín y la revisión le devolvieron a la realidad: fuera de juego por muy poco. Un aviso, más que un lamento. La señal de que el adolescente no se conforma con ser protagonista en la construcción; quiere también su firma en el marcador.

Francia reaccionó tarde. Kylian Mbappé intentó encender la chispa, Aurélien Tchouaméni buscó romper líneas desde atrás, pero se estrellaron una y otra vez contra una zaga española que vive su propio torneo: seis porterías a cero en siete partidos. Solidez de campeón.

Fiesta en el vestuario, mirada en la historia

El pitido final desató la locura en el vestuario español. Música a todo volumen, bailes, cánticos, móviles grabando cada gesto. La cuenta oficial de la selección compartió las imágenes con un mensaje que resumía el ambiente: gritos, bailes, celebraciones desatadas en el regreso al mayor escenario del fútbol.

Pero debajo de la espuma de la fiesta se intuye algo más serio. Esta España ya no es solo un equipo brillante en ataque, como en los primeros compases del torneo. Ante una de las selecciones más poderosas del campeonato, combinó disciplina defensiva, madurez táctica y una eficacia implacable en las áreas.

Oyarzabal, mientras tanto, continúa escribiendo sus propios números de leyenda: 18 goles en sus últimos 20 partidos con la selección y ya solo el sexto futbolista que alcanza los 30 tantos con la camiseta de España. Un registro que habla de continuidad, no de rachas pasajeras.

Un paso de repetir la gloria

La final abre la puerta a un segundo título mundial. La única vez que España llegó tan lejos, en 2010, terminó abrazando la gloria con aquel gol de Andrés Iniesta en la prórroga ante Países Bajos. Desde entonces, cada generación ha vivido a la sombra de aquella noche en Sudáfrica.

Ahora, con un adolescente lanzando mensajes a Nueva York y un equipo que mezcla descaro y oficio, la oportunidad vuelve a estar ahí. Falta un partido. Un rival más. Noventa minutos —o más— para decidir si lo de 2010 fue un capítulo aislado o el inicio de una tradición ganadora.