John Heslin y la historia de Westmeath: un espejo de redención
John Heslin mira a Mayo y ve algo más que una historia de redención. Ve un espejo. Y, sobre todo, una invitación a seguir soñando con Westmeath.
El veterano delantero, voz autorizada dentro y fuera del vestuario, escuchó el pitido final del All-Ireland SFC y no sólo pensó en los 75 años de espera que acababa de enterrar Mayo al alzar la Sam Maguire. Pensó en lo que ese trofeo significa para todos los demás. Para los que siempre llegan desde atrás. Para condados como el suyo.
En el programa Inside Sport de RTÉ Radio 1, sentado junto a Brendan Devenney y Ciarán Whelan, Heslin lo dejó claro: el título de Mayo bajo la batuta de Andy Moran ha encendido algo. No sólo en Castlebar. También en Mullingar.
“Te da esperanza”, vino a decir, recordando también unas palabras de su propio seleccionador, Mark McHugh, en The Sunday Game. Esperanza de que el mapa del fútbol gaélico no está escrito en piedra. De que las jerarquías pueden caer. De que, si Mayo rompe una maldición de tres cuartos de siglo, cualquiera puede atreverse a creer.
Un veterano que se niega a colgar las botas
A sus 34 años, Heslin podría haber elegido el camino cómodo. De hecho, ya lo había probado: una primera retirada intercondal que se prolongó casi año y medio. Pero volvió. Y ahora no tiene intención de irse.
“Todavía soy jugador de Westmeath”, bromeó, contando una escena tan sencilla como reveladora: una vuelta al golf con Mark McHugh hace un par de semanas y ni una sola insinuación de retirada. “Mientras no me diga lo contrario, sigo siendo actual”.
La sonrisa esconde una realidad más profunda. El hambre sigue ahí. El cuerpo responde. Y el contexto invita a seguir. Porque 2026 no fue un año cualquiera para Westmeath.
Mientras Mayo acaparaba los titulares nacionales con su All-Ireland, el condado del centro del país también asomó la cabeza por encima del parapeto. No sólo compitió. Golpeó.
Un Leinster histórico… pero no su partido del año
El regreso de Heslin coincidió con una de las páginas más dulces de la historia de Westmeath: el segundo título de Leinster de todos los tiempos para el condado, nada menos que derrotando a Dublin en una final vibrante en Croke Park en mayo.
El contexto hace ese triunfo todavía más potente. Durante 14 temporadas, cada vez que Heslin se puso la camiseta de Westmeath, Dublin se quedó con el Leinster. Año tras año. Un dominio que parecía inamovible, hasta que este grupo lo tumbó.
Él mismo reconoció que, antes de volver al panel, había declarado en una entrevista que sería “genial” ver a Westmeath vencer a Dublin, aunque con un punto amargo para quienes habían peleado durante la era del dominio azul sin llegar a derribarlo. El destino, sin embargo, le reservó un giro inesperado: regresó a tiempo para estar dentro del vestuario el día que por fin cayó el gigante.
Y aun así, cuando le pidieron que eligiera su partido del año, Heslin miró hacia otro lado. No a Croke Park. A Tullamore.
Tullamore, el día en que todo cambió
Su elección fue el Westmeath–Meath de cuartos de final, un duelo que él vivió desde la grada, todavía fuera del panel. Un 4-18 a 0-25 que sacudió el campeonato y que, en su memoria, tiene un brillo especial.
Westmeath llegó a Tullamore como “severe underdogs”, sin presión, con Meath señalada con razón como una de las grandes favoritas al Leinster. El guion parecía escrito. Lo rompieron a mordiscos.
Los jóvenes de Westmeath estuvieron “irreales”, en palabras del propio Heslin. Velocidad, descaro, puntería. Un vendaval. Shane Corcoran firmó un golazo que aún se comenta. Matty Whittaker añadió otro tanto y encadenó después actuaciones de tal nivel que acabó en el Sunday Game Team of the Year. No fue casualidad. Fue una irrupción.
Para Heslin, aquel día no sólo fue una sorpresa en el marcador. Fue una revelación. Una sensación clara, casi física, de que este grupo de Westmeath tiene algo distinto. Algo que puede sostenerse en el tiempo.
Él lo vivió como aficionado. Desde la grada. Y por eso, cuando más tarde recibió la llamada para volver al panel, sintió que lo estaban sacando de entre el público, como si hubieran elegido a un hincha más. Ese contraste —del asiento de piedra en Tullamore al vestuario— le da a esa victoria un significado emocional que va más allá de los números.
“Como aficionado de Westmeath, ese partido se quedará conmigo para siempre”, admite. Ahora, además, lo hace como jugador de nuevo.
Mayo ya tiene su Sam Maguire y ha demostrado que las maldiciones también caducan. Westmeath, mientras tanto, ha probado el sabor de tumbar gigantes y de derribar viejos complejos. La pregunta ya no es si pueden competir. Es hasta dónde están dispuestos a llegar antes de que a alguien se le ocurra sugerirle a John Heslin que, esta vez sí, piense en retirarse.






