Infantino y la privatización del Mundial: conflicto global
En la sede de la FIFA en Zúrich, Gianni Infantino ha encendido la mecha de uno de los conflictos políticos más explosivos que ha visto el fútbol moderno: vender una parte del Mundial a inversores privados. Y lo quiere hacer deprisa.
El presidente de la FIFA ha dado a las 211 federaciones hasta el 19 de septiembre para aceptar una oferta única de 20 millones de dólares por cabeza, dentro de un proyecto que crearía una filial valorada en 20.000 millones de dólares, con un 20% en manos de capital privado. Esa nueva estructura, llamada FIFA Forward Enterprise, gestionaría las competiciones y eventos del organismo, incluidos los Mundiales y los Mundiales de Clubes.
Detrás del plan aparece un apellido que resuena en la política de Estados Unidos: Kushner. La firma Thrive Capital, del empresario Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, financiaría la operación como inversor ancla. El proceso, detalló Infantino en una carta a las federaciones, estaría liderado por J.P. Morgan.
La respuesta en el fútbol organizado ha sido inmediata. Y furiosa.
“El Mundial no está en venta”
La primera gran barricada se levantó en Europa. UEFA, que reúne a 55 federaciones, prepara una reunión de urgencia en línea para analizar el proyecto y ya ha marcado una línea roja en un comunicado contundente: el Mundial “no es de la FIFA para venderlo”.
El mensaje europeo va más allá de una simple queja. Sobre la mesa está una amenaza que ya funcionó en 2021, cuando Infantino intentó imponer un Mundial cada dos años: el boicot a las competiciones de la FIFA. Entonces, la resistencia liderada por UEFA tumbó aquella idea. Ahora, el pulso es aún más profundo, porque toca la propiedad política y económica del torneo más poderoso del deporte.
UEFA no está sola. Las confederaciones de Asia (AFC) y Norteamérica, Centroamérica y el Caribe (CONCACAF) han expresado también su malestar. “Estamos profundamente preocupados por la falta de debido proceso”, denunció CONCACAF. La AFC, con sede en Kuala Lumpur, lamentó que un asunto “de tal importancia” se haya filtrado a la opinión pública antes de que sus miembros pudieran estudiarlo y debatirlo.
El enfado no se limita a las federaciones. El influyente European Football Clubs, el grupo que agrupa a 850 clubes y que gestiona junto a UEFA la Champions League, aseguró que se enteró del plan “como la mayoría de los actores del fútbol mundial: sin aviso previo y a través de los medios”.
El reproche es claro: Infantino actúa como un ejecutivo solitario, sin consultar a quienes sostienen el juego.
Un presidente cada vez más alineado con el poder político de EE. UU.
El proyecto de privatizar una parte del Mundial no surge en el vacío. Encaja en una serie de movimientos de Infantino que lo han ido acercando al entorno político de Donald Trump.
El presidente de la FIFA impulsó un “FIFA Peace Prize” que acabó en manos del propio Trump en diciembre, durante el sorteo del Mundial. Permitió también que el entonces presidente de Estados Unidos interviniera en el proceso que derivó en que el delantero Folarin Balogun jugara el Mundial con la selección estadounidense. Ahora intenta amarrar un acuerdo de 12 años con la firma de Joshua Kushner para una entidad que, aunque nacida de un organismo sin ánimo de lucro con sede en Suiza, funcionaría con lógica de mercado.
En 2018, Infantino ya trató de sacar adelante un plan de 25.000 millones de dólares con capital privado para crear nuevas y más grandes competiciones masculinas. Aquella propuesta, envuelta en secretismo, fue frenada por UEFA. El nuevo proyecto, aún más ambicioso, vuelve a tensar al máximo la cuerda.
El académico Antoine Duval, experto en gobernanza deportiva, advirtió que la entrada de inversores privados podría empujar a la FIFA a “comercializar aún más el Mundial”, con medidas como más pausas de hidratación o una política de precios dinámica, todo en busca de mayores ingresos.
La gran tentación: 20 millones ahora o 10 después
Infantino ha envuelto su propuesta en cifras que resultan irresistibles para muchas federaciones, sobre todo las más pequeñas, que dependen casi por completo del dinero de la FIFA.
Si la filial FIFA Forward Enterprise sale adelante con el voto favorable de la mayoría de las 211 asociaciones, cada una recibiría 20 millones de dólares del ciclo comercial vinculado al Mundial masculino de 2030. Si el plan fracasa, el pago se quedaría en los 10 millones ya prometidos para los próximos cuatro años.
Sobre la mesa, la diferencia es clara: según la carta de Infantino, el paquete total supondría unos 86 millones de dólares por federación en 12 años, frente a los aproximadamente 36 millones que se percibirían rechazando la entrada del capital privado.
Para muchas asociaciones con selecciones sin opciones reales de jugar un Mundial y cuyos mejores futbolistas rara vez pisan la élite de clubes internacionales, esos números son una tabla de salvación. Y ahí se apoya Infantino.
“Es mi deber y responsabilidad como presidente de la FIFA presentar oportunidades que cambian el juego a ustedes, nuestros miembros”, escribió en la misiva.
UEFA ve justo lo contrario: “El plazo apresurado para reclamar los 20 millones iniciales lo dice todo sobre este plan”, replicó. “La FIFA no puede seguir utilizando nuestro deporte para enriquecerse a sí misma y a sus amigos”.
Un sistema de votos que favorece al presidente
El pulso no se decidirá en los despachos de las grandes ligas, sino en la asamblea de la FIFA, donde cada federación, por pequeña que sea, tiene un voto. Una isla con un fútbol semiprofesional pesa lo mismo que una potencia campeona del mundo.
Ese diseño democrático ha sido, en la práctica, la gran fortaleza política de Infantino. Prometer más fondos a las federaciones fue clave en su elección de 2016 y en sus reelecciones sin rival en 2019 y 2023. El nuevo proyecto vuelve a tocar esa fibra: más dinero para todos, a cambio de entregar una parte del control del Mundial a inversores privados.
Los países con más peso deportivo y económico pueden protestar. Pero, numéricamente, pueden ser fácilmente superados por la suma de federaciones que rara vez se asoman a la élite y que ven en la FIFA su principal fuente de ingresos.
La resistencia británica y el recuerdo de la Superliga
Desde Reino Unido ha llegado otra señal de alarma. El primer ministro Andy Burnham, declarado aficionado al fútbol y con un gobierno que respalda la candidatura conjunta de Inglaterra, Escocia, Gales e Irlanda para albergar el Mundial femenino de 2035, rechazó de plano la operación.
“El fútbol no pertenece a los inversores”, afirmó en un mensaje en vídeo. “Una vez que has vendido una parte del Mundial, te has vendido. El fútbol pertenece a los aficionados. Siempre ha sido así y siempre lo será”.
No es la primera vez que la política británica se cruza en el camino de los grandes proyectos de poder en el fútbol. En 2021, las amenazas de legislación del entonces primer ministro Boris Johnson contribuyeron a derribar la Superliga europea, un proyecto que ponía en jaque a la Champions League y que contó con el apoyo discreto de Infantino.
Ahora, el mismo banco que iba a financiar la Superliga, J.P. Morgan, aparece como pieza clave del nuevo plan de la FIFA.
El futuro de Infantino, en juego
Hasta hace apenas unos meses, Infantino parecía caminar sin oposición hacia un cuarto y último mandato al frente de la FIFA, hasta 2031. Su alianza con Marruecos, que coorganizará el Mundial de 2030 y acogerá el congreso electoral del 18 de marzo en Rabat, reforzaba esa sensación de control absoluto.
Esta semana ha cambiado el clima. El proyecto de privatización parcial del Mundial ha encendido resistencias más allá de los círculos habituales en Europa. Las federaciones tienen casi cuatro meses para decidir si alguien se atreve a desafiar al presidente.
La fecha límite para presentar candidaturas es el 18 de noviembre. Infantino, que ha construido su poder prometiendo cheques cada vez más grandes, se juega ahora algo más que una votación: se juega hasta dónde está dispuesto el fútbol a vender su alma.






