Héctor Bellerín: La influencia de Arteta en su vida
A Héctor Bellerín le cambió la vida una invitación que no esperaba. No fue para comer. No fue para cenar. Tenía 18 o 19 años cuando sonó el teléfono y al otro lado estaba Mikel Arteta, entonces ya veterano en el vestuario de Arsenal. “Ven a casa”, le dijo. El lateral, recién llegado al dinero del fútbol, imaginó una charla ligera, quizá algo de comida, una tarde cualquiera en Londres.
Se encontró otra cosa.
Arteta le esperaba sentado junto a un asesor financiero. Empezaron las preguntas: “¿Cuánto te gastas en esto? ¿Cuánto en aquello?”. Bellerín, que había empezado a derrochar en ropa, coches y caprichos, tiró a la baja por vergüenza. Se sintió expuesto. “Me dio mucha vergüenza, me sentí avergonzado”, recuerda. Pero salió de allí con algo más valioso que una reprimenda: una lección de humildad envuelta en cariño.
“Mikel fue el primer jugador que me hizo sentir que era importante para él, que yo importaba”, cuenta ahora, más de una década después. Cuando se marchaba, le dio las gracias. Arteta le dejó una frase que se le ha quedado grabada: “Si algún día haces lo mismo por un compañero, yo ya soy feliz”. Ese legado, dice, intenta reproducirlo hoy con los jóvenes que le rodean. Para él, esa escena resume mejor que ninguna quién es Arteta.
De compañero a rival… y amigo para siempre
Han pasado más de diez años. Arteta y Bellerín ya no comparten vestuario, ni rol. Primero fueron compañeros. Luego, entrenador y jugador, una transición que no siempre fluyó. El miércoles, en Dublín, serán rivales por primera vez. No será en el Emirates, sino en el Aviva Stadium, en un amistoso de pretemporada entre Real Betis y un Arsenal que aterriza como campeón de la Premier League. Para Bellerín, 31 años, será todo menos un simple amistoso: nunca se ha enfrentado a su antiguo club.
Solo tuvo una oportunidad real: durante su cesión en Sporting. Se lesionó la rodilla justo entonces. La coincidencia fue tan milimétrica que todavía se pregunta si no hubo algo mental en aquel frenazo. Esta vez, salvo sorpresa, no habrá escapatoria: frente a él estará el equipo que le vio hacerse futbolista, dirigido por el hombre que, según admite, ha moldeado el 80% de su manera de entender el juego.
“Mi sentimiento de amor por el club es increíble”, dice, recostado en un sofá a unos 50 kilómetros de Dublín, todavía con la ropa de entrenamiento. Habla sin prisa, enlazando recuerdos y nombres: Serge Gnabry, Santi Cazorla, Nacho Monreal. Se detiene en la generosidad de Tomas Rosicky, que en los entrenamientos le explicaba cómo superarle en banda para ayudarle a crecer. Hoy Bellerín repite ese papel con José Antonio Morante, extremo de 19 años que se mide a él cada día en la ciudad deportiva de Betis.
Entre anécdotas, asoma la otra cara del fútbol: la presión, los insultos, la industria que, confiesa, a veces le hace “hervir la sangre”. Para él, el fútbol se ha convertido en “el máximo exponente de la avaricia”. Pero no se engaña: también está enganchado al juego, a la competición, a esa rutina de vestuario que no cambia. “Soy adicto al fútbol”, admite. Y en esa adicción, Arsenal ocupa un lugar central, casi sagrado.
Londres, la ciudad que le abrió la cabeza
“Todavía hay jugadores con los que crecí: Bukayo [Saka], Ben White, el míster, entrenadores, empleados. Sigue siendo familia para mí”, explica. “Mi aprecio y mi cariño por ellos es inmenso. Allí me hice futbolista”.
No solo eso. Bellerín está convencido de que su forma de pensar, su conciencia social, su manera de estar en el mundo ya estaban dentro de él, pero necesitaban un lugar donde salir. “Londres me dio ese espacio para explorar mi mundo, madurar. Hay sitios que te encorsetan; Londres fue un lugar donde pude expandirme, explorar la vida”.
Su aventura inglesa empezó lejos de los focos, en Enfield, en una casa familiar en The Ridgeway. La familia Twitching: Donna, John y sus hijos, Tia y Ben. Bellerín llegó con 16 años desde Barcelona y se instaló allí junto a Jon Toral, compañero desde los ocho años. Dos adolescentes, 400 euros al mes y una ciudad inmensa por delante.
El choque cultural empezó en la mesa. “El roast dinner era tradición. No entendía que el domingo solo se comiera una vez y luego fueran sobras”, se ríe. Años después, ya vegano, volvió a Londres y se fue a un pub de Kentish Town a buscar un Sunday roast… en versión vegetal. “Hay elementos de mi personalidad que vienen totalmente de Inglaterra”.
El primer gesto del club fue revelador. Liam Brady, entonces director de la academia, les entregó a él y a Toral una Oyster card. Libertad en forma de tarjeta de transporte. “Jon ponía Sky, veía todos los partidos, luego los dardos, luego el snooker. Teníamos esa sensación de independencia”. Bellerín preguntaba a Donna: “¿A dónde puedo ir?”. Y empezó a recorrer la ciudad: Camden, Covent Garden, Brixton para jugar al billar. Dos buses y un metro para ir a entrenar. Nada de chofer, nada de burbuja.
Con el tiempo, fue mudándose por todo Londres. Durante la pandemia terminó viviendo en una granja del siglo XVII en St Albans, a la que se llegaba por un camino de arena. Una postal rural a un paso de la élite.
El título de Arsenal y el sello de Arteta
Cuando Arsenal levantó por fin la Premier League, Bellerín estaba lejos, con la camiseta de Betis. “Me habría encantado estar en el desfile, pero aún teníamos partidos aquí”, lamenta. Aun así, sintió la victoria como propia. Había estado en el momento de transición, en el primer año de Arteta como técnico, cuando el club levantó la FA Cup, un punto de inflexión. “Una de las cosas más bonitas cuando ganaron la liga fue que mucha gente me escribió y me sentí parte de eso. Somos muchos los que seguimos siendo Gunners; fue una liberación, un desahogo después de tanto tiempo”.
A veces sueña con volver al Emirates, pero ya desde la grada. “Hablaba con Nacho [Monreal] y Santi [Cazorla]: estaría genial que los tres fuéramos a ver un partido. Éramos el grupo con Mikel”. Entre ellos siempre hubo la misma convicción: con Arteta, Arsenal acabaría ganando la liga.
En los entrenamientos, el vasco se le acercaba con curiosidad casi académica: “¿Qué hacíais en Barcelona? Yo haría esto…”. Años después, ya como entrenador, le tuvo temporada y media a sus órdenes. El impacto fue enorme. “Podría decir que el 80% de mi fútbol viene de la mente de Mikel”, asegura. Habla de una visión diferente, de una capacidad para detectar patrones, de un lenguaje específico que ordena el juego. “Diría incluso que me ha añadido años de carrera. Juego totalmente distinto a como jugaba con 19. Es experiencia, sí, pero también lo que aprendí de él: cómo ayudar al compañero, cómo crear ventajas en mi espacio. Joder, le debo muchísimo a Mikel”.
La transición de amigo a jefe no fue sencilla. “Nuestra relación pasando de compañeros a entrenador y jugador fue extraña”, reconoce. “No estoy seguro de que supiéramos gestionar esa transición”. Pero esa historia compartida les permitió hablar siempre con honestidad. No hubo una gran conversación sobre su salida, sino muchas, a lo largo de un año. Él ya sentía que su ciclo se había cerrado.
El vértigo de decir adiós a casa
“Sentía una desconexión”, explica. “No es una cosa concreta que haya pasado, es más bien que yo sentía que ya no podía ayudar al club y el club ya no podía ayudarme a mí. Lo gestionamos de la forma más amistosa posible”. A esas alturas, quizá también necesitaba volver a casa, a sus raíces. “Había pasado mucho tiempo”.
Salir de un club como Arsenal no es una decisión cualquiera. “Da miedo, eh. Miedo”, repite. “Duele, tío: por mucho que sepas que tu momento ha pasado, era tu casa. Has estado allí 10 años, dejas amigos, una vida… no sabes qué vas a encontrar al otro lado”. Él tuvo suerte. Al otro lado estaba Betis.
La vuelta a las raíces y el refugio en Sevilla
Betis no era un destino cualquiera. Era el club de su abuela, de su padre. Un escudo que ya estaba en casa antes de que él lo vistiera. Y una ciudad, Sevilla, que le ofrecía algo más que fútbol.
Allí ha encontrado un ecosistema a su medida: ir en bici a entrenar, clases de escritura, diseño de moda, veganismo, activismo medioambiental, discursos contra la masculinidad tóxica y la codicia del negocio. Bellerín no rehúye la polémica. No habla porque crea que va a cambiar el mundo, dice, sino porque es incapaz de callarse cuando algo le parece injusto. Es su forma de estar en el juego… y en la vida.
Lo que más le sorprendió en Betis no fue el estilo de juego ni el ambiente del Benito Villamarín, sino algo más silencioso. “Lo que más me impactó fue el vestuario. Hay algo ‘horizontal’ en la relación con otros empleados. En mis otros clubes eso no existía”. Esa estructura menos jerárquica, más cercana, es para él la esencia que sostiene al club. Y encaja con sus valores.
En Sevilla, asegura, ha encontrado una ciudad que le abraza y le permite existir más allá del fútbol. Allí puede ser lateral, activista, diseñador, lector, todo a la vez. En Dublín, por un día, volverá a ser sobre todo el chico que llegó a Londres con una Oyster card en el bolsillo y se marchó hecho futbolista. Frente a él, el club que le educó. En la otra banda, el hombre que un día le sentó delante de un asesor financiero para enseñarle que el éxito también se mide en cómo cuidas a los demás.
El miércoles, cuando suene el pitido inicial en el Aviva Stadium, Bellerín no solo se enfrentará a Arsenal. Se medirá, en realidad, a todo lo que fue. Y a lo que todavía quiere ser.






