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La controversia del VAR en el derbi de Manchester: ¿velocidad sobre precisión?

“¡Rápido, rápido, rápido, rápido! ¡Vamos, vamos, vamos, vamos, vamos!”

El grito desesperado de Matt Donohue, árbitro asistente de vídeo, retumba ahora como una confesión involuntaria. En cuestión de segundos, mientras aceleraba una revisión clave, validó el gol de la victoria de Erling Haaland en el derbi de Manchester. En cuestión de segundos, también firmó una de las decisiones más catastróficas del VAR en la historia de la Premier League.

Porque Enzo Fernández estaba tres metros en fuera de juego antes de intentar cabecear el balón. Tres metros. Y nadie en la sala de vídeo lo vio.

El gol subió al marcador. Manchester City ganó 1-0 a Manchester United. Y el sistema que debía traer justicia volvió a quedar desnudo.

Cuando la prisa manda en la sala del VAR

El arbitraje siempre ha vivido en una pecera de críticas y presión. Con el VAR, el cristal se hizo aún más grueso, pero también más implacable. Esta temporada, la Premier League elevó a principio de juego una consigna muy clara: “aplicación más eficiente del VAR para reducir las demoras”.

La pregunta cae sola: ¿el fútbol ha decidido sacrificar precisión a cambio de velocidad?

La voz de Donohue no deja margen a la duda. “¡Vamos, vamos, vamos, vamos!”. No sonaba a control. Sonaba a pánico. El intercambio con el operador de repeticiones fue todo lo contrario a lo que se espera de un árbitro de vídeo: nada de calma, nada de método. Solo prisa y caos.

Los árbitros escuchan el ruido de fondo cada semana. Aficionados, analistas, programas de radio, columnas de opinión: el VAR tiene que ser más rápido, las pausas son insoportables, el juego se enfría. En la encuesta de la propia Premier League a sus grupos de interés —entrenadores, cuerpos técnicos, aficionados— el mensaje fue idéntico: hay que acelerar las decisiones.

Esa presión existe. Pero no justifica un fallo de este tamaño.

Un proceso roto desde el primer clic

Los números, en frío, parecían dar la razón al plan. Las interrupciones por VAR, incluidos los anuncios del árbitro al estadio, han bajado de una media de 46 segundos por partido a 36 esta temporada. Diez segundos menos. Un triunfo en términos de ritmo.

Pero el otro gran error del curso —el penalti no concedido a Arsenal en el campo de Aston Villa— también llegó, en buena medida, por una revisión despachada a toda velocidad.

Y el problema del derbi empieza antes incluso de la carrera contra el reloj.

Donohue ordenó al operador detener la imagen en la primera repetición, justo en el toque de Josko Gvardiol antes del centro al área. Desde ahí saltó de inmediato a la tecnología semiautomatizada de fuera de juego.

Ahí se rompió todo.

El protocolo exige una visión completa de la jugada: desde el centro hasta el remate de Haaland. Ese recorrido visual habría mostrado de inmediato la posición de Fernández y su influencia en la acción. Pero no lo hicieron. El caos dentro del área solo se revisó cuando ya se había entrado en la fase de ataque siguiente.

En ese punto, la obsesión de Donohue y su asistente, Blake Antrobus, se redujo a una sola cuestión: ¿toca Fernández el balón? Si lo hacía, se generaba una nueva fase y Haaland quedaba en fuera de juego. Si no, gol válido.

El foco se estrechó tanto que lo esencial desapareció de la pantalla.

El silencio del AVAR

La mayoría de las críticas han caído sobre Donohue, pero la actuación —o la ausencia de ella— de Antrobus resultó igual de determinante.

Su aportación en toda la revisión se limitó a un “no, sí” sobre el posible toque de Fernández. Un segundo después, Donohue sentenció: “decisión final gol, revisión completa”.

El rol del AVAR es precisamente lo contrario: actuar como contrapeso, detectar lo que el VAR principal no ha visto, frenar si hace falta. Esa red de seguridad falló.

La figura del support VAR, el árbitro que trabaja en la sala de operaciones junto al centro de partidos en Stockley Park y que puede intervenir en cuestiones de protocolo, tampoco apareció. Vio —o debió ver— cómo se aceleraba una revisión crítica en uno de los partidos más grandes de la temporada. No hizo nada.

Y aun así, el desastre se podía haber evitado. Desde el gol hasta el saque de centro seguía existiendo margen para rectificar.

El peso de las críticas y la memoria reciente

Antrobus arrastraba otro episodio esta misma temporada. Fue AVAR en el Brentford–Sunderland, en el que se anuló un gol de Dan Ballard por un fuera de juego subjetivo de Kevin Danso. La revisión se alargó más de cuatro minutos. Una eternidad para la grada. Y un festín para las críticas en algunos medios.

¿Pudo ese recuerdo empujarle a no frenar a Donohue en el derbi? Imposible saberlo. Lo irónico es que, en aquel encuentro, Antrobus fue clave para guiar al VAR Tim Wood hacia la decisión correcta de fuera de juego contra Danso.

El contraste es brutal. De exceso de tiempo a ausencia total de pausa.

Especialistas, formación y un error que lo tapa todo

Pro Ref ha invertido dinero, horas de formación y recursos para que el VAR sea más rápido y más preciso. El objetivo es claro: especialistas en vídeo, gente preparada específicamente para esa cabina.

Matt Donohue es exactamente eso. Un “especialista VAR” según la propia definición de la Premier League.

Hace tres temporadas, Pro Ref pidió voluntarios para convertirse en árbitros de vídeo. Los candidatos pasaron pruebas de aptitud. Unos 15 llegaron a la fase final de formación. De ellos, 10 han trabajado ya partidos de Premier. Donohue es uno de esos diez. El domingo fue la vez número 65 que ejercía como árbitro de vídeo.

Su progresión le llevó incluso a la lista internacional, con designaciones para rondas previas de competiciones de clubes de Uefa este verano.

Y, como todos, ha cometido errores. La lista de árbitros de VAR sin fallos claros en las dos últimas temporadas es muy corta: solo Nick Hopton y Neil Davies, también salidos de ese programa acelerado.

Convencer a árbitros para que cuelguen el silbato y se encierren en una sala de pantallas no es sencillo. Tampoco garantiza nada. Ahí están los casos de Lee Mason y Mike Dean, los dos únicos VAR a tiempo completo contratados tras su retirada, despedidos por Howard Webb a los pocos meses de su llegada por una cadena de errores.

Ni siquiera las ligas que han ido más lejos en la especialización se libran del ruido. En España, en La Liga y en la Segunda División, existe un grupo de árbitros que solo actúa como VAR y nunca pisa el césped como principal. Y las polémicas no son menores. Al inicio de la pasada temporada, el VAR ni siquiera detectó que el autor de un gol estaba claramente en fuera de juego en el momento del pase.

La tecnología cambia. El debate, no tanto.

¿Velocidad o justicia?

Pro Ref tendrá que explicar por qué un VAR se ve obligado —o se siente obligado— a correr de esa manera en un partido de esta magnitud. Por qué la consigna de la rapidez termina convirtiéndose en un mantra que devora los propios protocolos.

En otros momentos, la paciencia ha marcado la diferencia. El curso pasado, el gol del empate en el descuento de West Ham contra Arsenal fue anulado tras una revisión que superó los cuatro minutos. Larga, tensa, incómoda. Pero correcta.

La obsesión por ir más deprisa amenaza con dinamitar todo ese trabajo silencioso en oficinas, salas de formación y centros de operaciones.

Y deja una incómoda reflexión para el fútbol inglés: si el reloj manda más que la verdad de la jugada, ¿qué valor real tiene entonces el VAR?