Chris Smalling: De Maidstone a leyenda del fútbol
Chris Smalling, el central que eligió el riesgo antes que la ruta segura de la universidad, vuelve al noroeste de Inglaterra con 36 años, 580 partidos profesionales a la espalda y una certeza: todavía no ha terminado.
Del Maidstone a Sir Alex en tres años
Su historia no encaja en ningún molde. De jugar en el Maidstone, en categorías no profesionales, a disputar una final de Champions League en apenas tres años. De preparar su ingreso en la universidad para estudiar economía financiera, a compartir vestuario con leyendas bajo las órdenes de Sir Alex Ferguson y Jose Mourinho.
No era su plan. Ni siquiera un plan alternativo.
«No era ni el plan D», recuerda. Tenía las notas, las plazas universitarias miradas, incluso estaba buscando otros clubes semiprofesionales cerca de Leicester para seguir jugando mientras estudiaba. La vida iba por ahí. Hasta que sonó el teléfono.
La llamada fue del Fulham. Roy Hodgson quiso verlo en un partido de prueba. Le bastó una sesión.
«No llegó ni a una semana», explica Smalling. De golpe, contrato profesional. Sin tiempo para digerir nada. «Estaba en shock total».
A partir de ahí, todo fue a velocidad de vértigo.
El día que Sir Alex llamó a la puerta del hotel
Enero de 2010. Smalling viaja con el Fulham a Blackburn para un partido de Premier League. No juega en la derrota por 2-0. El momento clave había llegado la noche anterior.
Se hablaba de interés de otros clubes, pero no del Manchester United. Hasta que Hodgson lo saca del autobús, lo aparta y suelta la bomba: el club ha aceptado una oferta y Sir Alex Ferguson va a presentarse en el hotel en 45 minutos.
Llama primero a su madre. Luego se encierra en la habitación, intentando imaginar cómo será sentarse frente al entrenador más influyente de su generación. Qué preguntarle. Cómo no quedarse en blanco.
La charla dura un par de horas. Ferguson, calmado, directo, le explica que cree en él, que tendrá oportunidades pese a la competencia feroz en el centro de la defensa. Smalling duda. Mira la lista de centrales que ya están en el vestuario de Old Trafford. Se pregunta dónde encaja.
Sale convencido.
«Poder compartir vestuario, césped y conversaciones con él es increíble», dice ahora. Aún suena a incredulidad.
La otra cara de Mourinho
Su relación con Mourinho se ha contado casi siempre a través de un episodio: aquella crítica pública en noviembre de 2016, cuando el técnico portugués cuestionó su disposición a jugar con molestias. Para muchos, una ruptura. Para Smalling, lo contrario.
Recuerda un vínculo de confianza, tanto en el Manchester United como en la Roma. Un entrenador que lo elegía casi siempre, que lo hacía sentir imprescindible.
Lo explica con un ejemplo crudo: jugó infiltrado con un dedo del pie roto, hasta agotar el límite de inyecciones permitidas. Tuvo que parar en un calentamiento. Mourinho se disgustó. Para el defensa, aquello fue una señal de lo alto que lo valoraba.
Ve algo común en Ferguson y Mourinho: su capacidad para mirar a los ojos a los veteranos y contagiar una fe absoluta en que las cosas van a salir. No solo discursos de vestuario, sino convicción real. Si los líderes del grupo se enganchan, el resto sigue.
Smalling sigue en contacto con Mourinho. Este verano le deseó suerte cuando asumió el banquillo del Real Madrid. No piensa imitarlo.
«No creo que ese sea mi camino», admite. No se ve en los banquillos.
Un cuerpo de 36 con cabeza de 26
Mientras decide su próximo club, Smalling habla de su cuerpo como alguien que conoce al milímetro una máquina que ha afinado durante años. Asegura que ahora se entiende mejor físicamente que cuando tenía 26. Y sus números, dice, lo respaldan.
La temporada pasada fue un fijo en el Al-Fayha, en la Saudi Pro League. No se perdió. Está orgulloso de ello.
A estas alturas, el entrenamiento no es solo la hora y media sobre el césped. Es casi todo lo demás. Alimentación, descanso, suplementos, rutinas de recuperación. Cada detalle cuenta.
Recuerda cuando Ferguson introducía prácticas como el yoga con Ryan Giggs. Entonces sonaba a rareza. Ahora es norma. Y, para quien ya ha pasado de los 30, casi una obligación.
«Cada año es precioso», insiste. Ya no se trata solo de competir, sino de exprimir al máximo el tiempo que le queda disfrutando del juego.
Smalling ha ido más allá de las pruebas habituales de pretemporada. Además de los análisis de sangre que realizan los clubes, se sometió a un estudio genético completo. El objetivo: ajustar su suplementación y su preparación al milímetro. A partir de ahí, cambió buena parte de lo que tomaba.
No se trata solo de alargar su carrera. Se trata de hacerlo a un nivel que le permita seguir siendo competitivo.
Más que un defensa para el próximo vestuario
Quien lo fiche no solo incorporará a un central con experiencia en la élite inglesa, italiana y saudí, con 31 internacionalidades con Inglaterra y títulos con el Manchester United y la Roma. También sumará una voz dentro del vestuario y una figura que empuja a los clubes a profesionalizarse por dentro.
En Al-Fayha, se involucró en la mejora de las instalaciones del gimnasio, exigiendo estándares propios de un jugador de máximo nivel. Lo mismo ha intentado dejar en cada club: una huella positiva, deportiva y humana.
Se siente orgulloso de cómo le recuerdan en todos ellos. No solo por los partidos. También por lo que aportó fuera del campo.
La universidad que nunca fue… y lo que viene después
Hubo un momento en el que la decisión no era obvia. Con contrato modesto en el Fulham, jugando en el equipo reserva, viajando como 19º hombre con el primer equipo sin ni siquiera sentarse en el banquillo, la universidad parecía la opción estable. No había garantías de que el fútbol le diera más dinero o seguridad.
Rechazar esa plaza fue un salto al vacío. Hoy, mira atrás y sonríe. Fue la decisión correcta.
En el Manchester United, cada renovación llegó rápido: firmó por cuatro años, al final del primero ya tenía un nuevo contrato, otro al siguiente, y otro 18 meses después. Siempre había una «zanahoria», un estímulo, un recordatorio de que nada estaba ganado.
Esa mentalidad la mantiene ahora, en el tramo final de su carrera. No se conforma con estirar el calendario. Quiere seguir compitiendo.
Al mismo tiempo, ya prepara su siguiente etapa. Trabaja en un programa educativo para jóvenes futbolistas junto al Global Institute of Sport. Es uno de los tres o cuatro proyectos que tiene en marcha. Sabe que, cuando cuelgue las botas, podrá volcarse en ellos.
De momento, no. De momento, todo gira en torno a seguir jugando. A encontrar ese próximo club. A demostrar, una vez más, que aquel chico que iba a estudiar economía financiera todavía tiene algo que decir en el fútbol profesional.






