Canadá en el Mundial: Un cambio histórico en el fútbol
Durante años, Canadá fue el socio silencioso del gran proyecto norteamericano. El tercer nombre en la candidatura, el país que muchos mencionaban casi por compromiso cuando hablaban del Mundial compartido con Estados Unidos y México.
Ese relato ya no encaja. No después de lo que hizo la selección masculina y de lo que vivieron sus ciudades este verano.
La gesta de Les Rouges
Con Jesse Marsch al mando, un técnico estadounidense de carácter frontal y sin complejos, Canadá rompió su propio techo. Se metió en octavos de final por primera vez en su historia y convirtió un torneo que debía ser de aprendizaje en un punto de inflexión.
Primero llegó el punto inaugural en un Mundial. Después, la primera victoria. Más tarde, el primer triunfo en fase de eliminación directa. Cada paso fue una ruptura con el pasado, una línea nueva en los libros de historia del fútbol canadiense.
El sueño terminó ante Marruecos en octavos, pero la derrota no borró nada. Al contrario: fijó la dimensión de lo conseguido. En Calgary, el aficionado Matt Lorincz lo resumía sin rodeos ante la BBC: la selección “sorprendió a todos” llegando tan lejos.
Para un país donde el fútbol es el deporte más practicado, pero vive a la sombra del hockey sobre hielo y del tirón comercial de la MLB y la NBA, el impacto es profundo. El balón siempre estuvo en los parques; ahora empieza a reclamar su lugar en el imaginario colectivo.
“Casi todo el mundo que conoces ve hockey u otros deportes. No hay tantos aficionados al fútbol en Canadá. Ojalá ahora haya unos cuantos más”, deseaba Lorincz. Esa esperanza ya tiene base: por unas semanas, el país se miró en la pantalla y se vio futbolero.
Un país en modo Mundial
Toronto y Vancouver fueron las dos ventanas oficiales al torneo: 13 partidos de los 104 totales pasaron por Canadá. Pero la experiencia se extendió mucho más allá de las líneas del césped.
En Toronto, los partidos se escapaban por las puertas de los bares hacia la calle. El ruido de las retransmisiones se mezclaba con las marchas de aficionados rumbo al estadio, en desfiles improvisados, coloridos, atravesando el centro de la ciudad hasta Toronto Stadium.
En la costa oeste, Vancouver vivió una de las noches más rotundas del torneo canadiense: un 6-0 a Qatar que disparó la euforia. Solo se ensombreció cuando Ismaël Koné, la gran figura del mediocampo, abandonó el campo en camilla con una pierna rota tras una dura entrada. Un triunfo apabullante con un coste altísimo.
El último partido de este Mundial en suelo canadiense ni siquiera tuvo a la selección local en el césped. Suiza eliminó a Colombia en octavos en Vancouver y con ello se cerró el capítulo de Canadá como sede. Pero la sensación de gran escenario ya estaba instalada.
Carney, el político hincha y la vitrina global
En el palco, el primer ministro Mark Carney entendió rápido lo que se jugaba el país. Aficionado al deporte, coleccionista de camisetas, fue el único líder de los tres anfitriones que pisó los estadios durante el torneo. No se limitó a la foto institucional: se metió hasta el vestuario.
Tras el 6-0 a Qatar, Carney bajó a felicitar al grupo en Vancouver. “Mostrasteis un nivel de carácter que algunas personas nunca alcanzan en su vida”, les dijo. “Y lo hicisteis cuando una buena parte del país y del mundo os estaba mirando”. El mensaje era tan político como deportivo: Canadá se mostraba al planeta con orgullo.
El ministro de Deportes, Adam van Koeverden, lo interpretó como un paso más en la madurez del país: Canadá “ha ido creciendo un poco como potencia media”, y la posibilidad de “recibir al mundo para el mayor evento del año” ha sido, aseguró, un privilegio asumido con seriedad.
La idea original del Mundial compartido, recuerda John Kristick, ejecutivo de marketing deportivo en Playfly Sports Consulting y exdirector del United Bid Committee, era clara: “un continente, tres países”.
La realidad se torció. El peso político de Estados Unidos, el contexto de la administración Trump durante la adjudicación y el hecho de que la mayoría de partidos se jugaran allí empujaron el foco hacia el sur. “Probablemente ha sido más difícil para Canadá y México hacerse notar como anfitriones. Estados Unidos se ha llevado más parte de ese protagonismo”, admitió Kristick.
Aun así, remarcó un punto clave: dentro de sus fronteras, nadie dudaba del papel de Canadá. “Cada canadiense sabe que el país es sede, y creo que ha habido un enorme orgullo nacional”.
Negocio, facturas y un debate abierto
Ser sede de un Mundial no sale barato. Canadá lo sabe bien. La factura estimada para acondicionar el país ascendió a 1.100 millones de dólares canadienses, con Toronto aportando unos 380 millones.
El impacto económico, sin embargo, se dejó notar en las calles. Ian Tostenson, presidente de la British Columbia Restaurant and Foodservices Association, definió la experiencia de estar en una ciudad sede como un curso intensivo sobre “la enormidad del Mundial”.
Los partidos arrastraron a la gente a bares, restaurantes y terrazas. Según Tostenson, las ventas de alcohol crecieron en torno a un 5% respecto al año anterior. “Levantó el ánimo de toda la provincia. Creo que toda la conversación de las últimas cuatro semanas ha girado alrededor del fútbol”, explicó.
En un contexto de nubarrones económicos, su lectura fue clara: “Si das a la gente una razón real para gastar su dinero y le das valor, gastará”.
No todos comparten el entusiasmo. El concejal de Toronto Josh Matlow cuestionó el coste para una ciudad con las finanzas tensionadas: “No creo que albergar los partidos haya mejorado la situación de la ciudad”, afirmó.
Van Koeverden defendió la inversión como “prudente” y aseguró que el dinero regresó a la economía: “Estadios llenos, parques llenos, restaurantes llenos y hoteles llenos es un buen problema para tener en 2026”, lanzó, apuntando ya al legado inmediato.
La experiencia del “anfitrión invisible”
Entre los visitantes, el recuerdo de Canadá como sede es cálido, aunque muchas veces silencioso en el relato global. El seleccionador de Portugal, Roberto Martínez, elogió Toronto Stadium, el más pequeño del torneo, con gradas temporales añadidas para ampliar el aforo. Le recordó a los “estadios de la vieja Premier League”, más cercanos, más compactos.
Tras la victoria de Portugal ante Croacia, Martínez definió el ambiente como “un espectáculo increíble para el fútbol”.
En las gradas, aficionados como el noruego Gudmund Agotnes disfrutaron del paquete completo: tres partidos en Toronto, “tuvimos suerte con el sorteo”, dijo. Habló de una experiencia “muy buena”, con una visión “en picado” del juego y del perfil urbano de la ciudad al fondo. Fútbol y skyline en el mismo encuadre.
La audiencia que lo cambia todo
Los números de televisión completan la dimensión del fenómeno. Fifa informó que más de un millón de aficionados asistieron a los primeros 16 encuentros del Mundial en los tres países anfitriones. El torneo apunta a superar el récord de asistencia acumulada de 3,5 millones de 1994, algo lógico con el formato ampliado, pero igualmente significativo.
En Canadá, el verdadero golpe llegó con el partido ante Marruecos, el 4 de julio. La retransmisión alcanzó un pico de 11,7 millones de espectadores únicos, la cifra más alta registrada en el país para un partido de Mundial que no fuera una final, según el operador Bell Media.
La comparación con el deporte rey tradicional es elocuente: el arranque de la temporada de la NHL en octubre pasado reunió a 9,8 millones de canadienses. Los duelos de dieciseisavos promediaron 1,9 millones de espectadores, por encima del mítico Hockey Night in Canada, que ronda los 1,2 millones por emisión.
El mensaje para el futuro es evidente: el fútbol ya compite, al menos por unas semanas, en el mismo espacio emocional que el hockey.
Un fútbol que quiere dejar de ser solo recreativo
Canadá no parte de cero. El país tiene una base de cultura futbolística y presencia estable en la MLS con Vancouver Whitecaps, fundado en 1973, y Toronto FC, nacido 32 años después. El problema siempre estuvo en el salto: de la práctica masiva al alto rendimiento, sobre todo en la selección masculina.
Mientras el combinado femenino, hoy noveno del ranking Fifa, se ha instalado desde hace años entre las potencias, los hombres arrastraban décadas de frustraciones. Este Mundial ha roto esa dinámica y ha traído algo más que victorias: dinero y estructura.
Canada Soccer, la federación nacional, lanzó una campaña de recaudación antes del torneo con un objetivo de 25 millones de dólares canadienses. Se alcanzó meses antes de lo previsto. Un impulso financiero que puede transformar programas de base, infraestructuras y planificación de élite.
En las gradas, los seguidores de la selección, Les Rouges, se dedicaron simplemente a saborear el momento. “Reunió a mucha gente en un mundo muy segregado en el que estamos viviendo”, contaba Zeileen Reardon desde un bar de Calgary mientras el equipo se medía a Marruecos. “Creo que mostró al mundo que podemos unirnos, incluso por un partido”.
El Mundial se marcha. Las pantallas se apagan, los estadios se reconvierten, las ciudades recuperan su rutina. Pero la pregunta ya está en el aire: ¿será este torneo el punto en el que Canadá deje de ser un anfitrión olvidado y se convierta, por fin, en un protagonista permanente del mapa futbolístico mundial?






