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Vancouver se prepara para el Mundial: cambios y desafíos en el espacio público

Vancouver empieza esta semana a transformarse en ciudad sede de un Mundial. No será solo una fiesta de fútbol. También será un experimento urbano a gran escala, con nuevas normas, más estructuras temporales y una vigilancia mucho más estricta sobre lo que ocurre en la calle.

Desde este miércoles entra en vigor el denominado FIFA World Cup 2026 Bylaw, una normativa especial que regirá hasta el 20 de julio de 2026 y que otorga al ayuntamiento poderes ampliados sobre publicidad, venta ambulante, ruido, retirada de grafitis y gestión de espacios públicos.

El telón de fondo es monumental: la provincia calcula que unas 350.000 personas pasarán por B.C. Place durante el torneo. Vancouver acogerá siete partidos y prevé gastar entre 532 y 624 millones de dólares, de los que hasta 281 millones saldrán directamente de las arcas municipales. Una inversión colosal para una ciudad que ya vive bajo presión inmobiliaria y social.

Una ciudad en “modo evento”

La llamada “event period” se traducirá en cambios muy visibles. Y rápidos.

La nueva normativa relaja las reglas para levantar infraestructuras temporales: fan zones, señalética especial, estructuras efímeras cerca de los puntos neurálgicos como B.C. Place y el FIFA Fan Festival en Hastings Park. El paisaje urbano se llenará de pantallas, vallas, torres de cámaras y espacios de ocio.

Al mismo tiempo, se endurecen las restricciones para la venta ambulante, el busking y determinadas formas de publicidad en las áreas designadas para el evento. Los rótulos comerciales no autorizados podrán desaparecer casi al instante: el ayuntamiento se reserva la capacidad de retirar con mayor rapidez cualquier cartel que interfiera con la marca FIFA.

El ruido también cambiará de escala. Se amplían los márgenes permitidos para actividades sonoras, en especial para adaptarse a los horarios de las retransmisiones internacionales y a las operaciones logísticas asociadas a los partidos y festivales. Las noches serán más largas. Y más estridentes.

Hasta las rutas de camiones y las entregas en el centro podrían modificarse para dar prioridad a la seguridad y al movimiento de aficionados, personal y material. Todo dentro de una “zona controlada” de dos kilómetros alrededor de B.C. Place y del recinto del Fan Festival.

Las sanciones por infracciones habituales se moverán entre 250 y 1.000 dólares, y la aplicación de la normativa quedará en manos conjuntas del City of Vancouver y el Vancouver Police Department. El mensaje es claro: la ciudad quiere orden, limpieza y control en su escaparate mundial.

El coste social del “escaparate limpio”

No todos ven la misma postal cuando escuchan palabras como “embellecimiento” o “espacio ordenado”.

Un sector de expertos en vivienda y derechos urbanos teme que el énfasis en la “limpieza” del espacio público se traduzca en la práctica en desplazamientos forzados de personas sin hogar. Lo que para unos es una operación estética, para otros puede convertirse en una forma de expulsión silenciosa.

“Esto es básicamente la privatización del espacio público”, alerta Penny Gurstein, profesora emérita de la School of Community and Regional Planning de la University of British Columbia. A su juicio, quienes viven en la calle o en situación de extrema precariedad tienen motivos de sobra para preocuparse.

El ayuntamiento insiste en que el nuevo bylaw no altera las protecciones ya existentes para las personas sin hogar. Recalca que quienes viven en situación de sinhogarismo no estructurado podrán seguir levantando refugios nocturnos temporales en los parques donde las ordenanzas actuales lo permiten.

Cuando habla de “embellecimiento”, la ciudad asegura que se refiere a reparaciones de infraestructuras físicas —aceras, arreglos de mobiliario, decoración de obras— y sostiene que estas intervenciones “no tienen impacto evaluado en derechos humanos”. Pero la desconfianza persiste en los colectivos que llevan años denunciando la criminalización de la pobreza en el espacio público.

Un Mundial para unos, una molestia para otros

La gran cita futbolística no atravesará por igual todos los barrios ni todas las rentas.

Margot Young, profesora de derecho constitucional en la Allard School of Law de la UBC, advierte de que el impacto del Mundial será profundamente desigual. Habrá celebración. Y habrá fricción.

“Habrá disrupción, pero esa disrupción será distinta para diferentes grupos de la ciudad dependiendo, realmente, de su estatus social y económico”, subraya. El Mundial como fiesta para unos. Como desalojo encubierto para otros.

Young traza una línea nítida: los residentes con mayor poder adquisitivo podrán vivir el torneo como un gran carnaval urbano, con entradas para los partidos, acceso a fiestas, terrazas llenas y fan zones a rebosar. En el otro extremo, quienes se encuentran “en la parte baja de la distribución de ingresos y riqueza” corren el riesgo de ser desplazados por la reordenación del espacio urbano al servicio del evento y de FIFA.

La ciudad ha prometido una aplicación “informada por el trauma” de las nuevas normas, un enfoque más sensible hacia las personas vulnerables. Young cuestiona cómo se trasladará ese discurso al terreno.

“No hay un sistema en marcha para monitorear qué está ocurriendo con las poblaciones vulnerables”, advierte. Sin mecanismos claros de seguimiento, el riesgo es que la retórica se quede en papel mojado mientras la realidad se impone a golpe de desalojo, multa o presencia policial.

Servicios que siguen… bajo la lupa

El ayuntamiento insiste en que los servicios de atención al sinhogarismo y los programas de alcance comunitario continuarán operando durante todo el torneo. Sobre el papel, Vancouver dispone de más de 1.500 camas en refugios y alrededor de 8.100 unidades de vivienda con apoyo, complementadas por equipos de outreach, servicios de higiene y programas de almacenamiento de pertenencias.

Son cifras importantes para cualquier ciudad. Pero la pregunta de fondo es otra: ¿bastan para absorber la presión añadida que implica un evento global, con una normativa excepcional y una fuerte apuesta por la “limpieza” visual y el control?

En una declaración escrita, el ayuntamiento define el Mundial como una “oportunidad única en una generación” para mostrar Vancouver al planeta. La ciudad se prepara para esa foto perfecta: estadios llenos, fan zones vibrantes, banderas y cánticos en todas las esquinas.

Queda por ver quiénes caben en ese encuadre. Y quiénes, en pleno Mundial, tendrán que hacerse invisibles para que la fiesta luzca impecable.