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Recuerdos del Mundial 2022: la historia de la USMNT en Catar

La noche antes del debut ante Gales, Gregg Berhalter reunió a los 26 en un círculo. Nada de pizarras, nada de vídeo. Solo una idea: hacerles ver lo que ya eran antes de tocar un balón en Catar.

Les dio un número.

“Dijo: ‘Cada uno tiene un número específico, es el número de jugador que eres representando a Estados Unidos en un Mundial’”, recuerda Walker Zimmerman. “Para mí era el 152. El jugador 152 en representar a Estados Unidos en un Mundial. Piensas: ‘¿152, ya está? ¿Solo tantos han llegado aquí?’ Luego lo miras por posición, cuántos centrales, cuántos titulares… y ves que estás en un grupo de élite. Eso fue muy especial”.

No era solo el peso de la historia. Era el peso de haber llegado juntos. Tyler Adams creció con Christian Pulisic y Weston McKennie en las inferiores. Tim Weah, Josh Sargent y Sergiño Dest compartieron sus propias batallas juveniles. Para cuando aterrizaron en Catar, ya no eran solo compañeros. Eran capítulos de la misma historia.

“Esos son los mejores recuerdos”, dice Adams. “Por eso jugabas al fútbol, para llegar a profesional. Ahora tengo recuerdos increíbles como profesional, pero los de cuando era niño con Weston siempre van a valer más. Son los recuerdos de cómo llegamos a ese escenario, incluso más que el lugar donde estamos ahora”.

Un Mundial a cámara rápida

Cuando empezó el torneo, el reloj se volvió enemigo. No hubo fase de adaptación. Nada de amistosos, nada de semanas para aclimatarse. Llegar del club y caer de golpe en el entorno más intenso de sus carreras.

“Es todo tan rápido”, recuerda el defensa Tim Ream. “Fue más condensado que un Mundial normal. Estás en una burbuja. Los partidos son a las 10 de la noche, te cambian el reloj interno. Te acuestas a las tres de la mañana, estás descolocado. Incluso los días sin partido querían que nos quedáramos despiertos hasta las dos. Desayuno a las 12, comida a las cuatro, luego entrenamiento”.

Algunos intentaron frenar el torbellino como pudieron.

“Trabajo con un buen coach mental y lo pusimos como prioridad”, cuenta Sargent. “Va a ser un tiempo estresante, vas a estar nervioso, pero asegúrate de respirar, de ser agradecido y de absorberlo todo”.

Ni así bastaba. Tres partidos de grupo en ocho días. Gales, Inglaterra, Irán. Todo mezclado con sesiones de entrenamiento nocturnas, trabajos de recuperación, noches largas y la rutina extraña de la burbuja mundialista.

“Mirando atrás”, admite Haji Wright, “el Mundial fue como un delirio. Pasó volando”.

Para otros, la experiencia fue más silenciosa. Joe Scally fue uno de los cinco jugadores que no disputaron un solo minuto. Aun así, la atracción del torneo era imposible de esquivar.

“Un Mundial es un Mundial”, dice Scally. “No hay nada mejor en el deporte. Estar allí fue increíble. Claro que fue diferente para mí. No sé cuántos no jugamos, pero como jugador joven tienes que disfrutarlo, porque es lo mejor que hay, y al mismo tiempo te enciende por dentro.

“Ves a los chicos salir, el himno, el estadio lleno, el mundo mirando… Es algo de lo que quieres formar parte desesperadamente. Claro que era parte, pero no en el campo”.

Tres goles, tres historias

En Catar, tres jugadores se subieron a un club muy exclusivo del fútbol estadounidense: el de los goleadores mundialistas. Antes de 2022, solo 22 hombres lo habían logrado. Tres más se añadieron a esa lista. Cada uno guarda una memoria distinta de ese instante.

El primero fue Tim Weah, autor del gol que abrió el torneo ante Gales. Pase filtrado de Pulisic, desmarque, definición limpia. El regreso de la USMNT al gran escenario, anunciado con un disparo al fondo de la red. Para Weah, fue un sueño repetido tantas veces que casi podía tocarlo antes de que ocurriera.

“Antes del Mundial soñaba con marcar”, cuenta. “Pasaban los años y siempre soñaba con ese momento, cómo se sentiría, cómo celebraría. Que se hiciera realidad fue… increíble. Juegas toda la vida para eso. Solo jugar un Mundial ya era un sueño, pero marcar… fue una sensación increíble”.

Después llegó el turno de Pulisic. Tras el 0-0 con Inglaterra, el tercer partido ante Irán era una final: solo valía ganar. El gol que decidió el pase a octavos llevó su firma y también su cuerpo.

La pelota entró, él chocó con el portero Alireza Beiranvand y se lesionó la pelvis. No hubo vuelta atrás. Nada de fotos icónicas de celebración, nada de carrera hacia la grada. Hubo hospital, dolor y una videollamada al vestuario mientras sus compañeros cerraban el trabajo.

“Hubiera sido, y fue, un gran momento”, explicó Pulisic en 2024. “Normalmente habría estado muy excitado, habría tenido una celebración muy buena con el equipo. Se ve que el equipo quiere correr a celebrarlo, pero yo no podía.

“A veces las cosas salen así. No lo cambiaría. Me tocó celebrarlo tirado dentro de la portería. Espero tener muchos momentos grandes. No pienso: ‘Necesito esa celebración icónica’. Quiero ganar torneos. Al final, de eso hablará la gente”.

El tercer goleador, Haji Wright, también vio su sueño matizado por el contexto. Su tanto ante Países Bajos, un toque casi fortuito que se coló en la red, dio un hilo de esperanza en octavos. No fue suficiente. El 3-1 selló la eliminación.

Por eso, Wright todavía lucha por ubicar su gol en su memoria.

“Fue una locura”, recuerda. “Cuando entró, sentí que el momento podía cambiar, que tendríamos otra ocasión. No fue así. Durante el partido lo ves así. Después estás hecho polvo. Es el sueño de tu vida y te eliminan. Sale todo. Ni siquiera pensé en el gol. Aún hoy casi no lo pienso.

“No tengo un recuerdo claro del momento porque fue feliz y triste a la vez. Ser goleador mundialista es increíble. Que te echen en ese mismo partido… Lo que vino después del gol, las emociones, eso es lo que recuerdo”.

Con el tiempo, los tres han ganado perspectiva. Las redes sociales mantienen vivos esos clips, los reacciones desde casa, los vídeos de aficionados.

“Veíamos las reacciones en línea, buscábamos en Twitter”, cuenta Weah. “Ver a la gente en casa cuando marco yo o cuando marca Christian… es increíble ver el impacto que tenemos y lo que representamos para nuestro país”.

La otra cara del Mundial: silencio, burbuja y familia

Los goles se repiten en bucle. Lo que no se ve, lo que muchos guardan más cerca, sucedió lejos de las cámaras.

DeAndre Yedlin lo sabe mejor que nadie. Estuvo en Brasil 2014 como joven promesa. En 2022 volvió como único superviviente de aquel equipo. Su papel fue otro: aportar perspectiva.

Tras cada partido, Yedlin lideraba a un grupo de jugadores de vuelta al césped vacío. Era el momento de respirar, de asimilar, de mirar alrededor sin ruido.

“Parece que la adversidad se multiplica por diez porque siempre hay una cámara, un microscopio, todo el mundo tiene una opinión”, contó en 2024. “Es importante encontrar ese espacio de paz. Al final, por duro que suene, estamos entreteniendo a la gente. Eso puede inspirar, puede dar esperanza, pero en el fondo es eso. Para mí se trata de mantener la perspectiva.

“Somos minúsculos en el gran esquema de las cosas, pero a la vez jugamos un papel enorme. Es difícil entender cómo podemos ser tan pequeños y a la vez tan importantes”.

Para muchos, encontrar esos espacios fue vital. Habían tardado años en llegar a un Mundial y, cuando por fin lo hicieron, todo pasó demasiado rápido. Algunos apagaron el móvil. Otros intentaron grabar cada detalle en la memoria. Algunos solo conservan destellos.

“Intenté estar lo menos posible en el teléfono y vivir el momento con los chicos”, dice Sargent. “Quería abrazarlo todo. Siento que recuerdo cada detalle”.

Ream no.

“Veo destellos”, admite. “Estaba tan concentrado, con una especie de visión de túnel… hay muchas cosas que olvidas”.

Lo que nadie borra es el escenario. Catar marcó a todos. El llamado a la oración atravesando Doha, los zocos antiguos al lado de estadios nuevos, la ciudad entera girando alrededor del balón.

“Disfruté cada segundo”, asegura Matt Turner. “Fue muy especial estar en una cultura que nunca había vivido. El llamado a la oración me parecía algo pacífico, reflexivo. Era como un momento en el que piensas: ‘Todos están con su fe ahora mismo’. Era especial estar en esa tierra extraña todos juntos, con todas las experiencias de la clasificación detrás, en una burbuja sólida”.

Doha fue una burbuja. El país existía alrededor del Mundial. Siempre había otro partido, otro autobús de aficionados, otra bandera ondeando, otro ruido subiendo desde la calle.

Sergiño Dest se aferró a esos sonidos. Encerrado en el hotel la mayor parte del tiempo, subía a la azotea para escuchar.

“Vivía el momento”, dice. “Me sentaba, bebía agua y miraba a la gente disfrutar de la vida. Banderas, pantallas, partidos. Pensaba: ‘Esto es’. Tenía una habitación enorme con balcón y por la tarde abrías la ventana y escuchabas el sonido de la vida. Eso es lo que más echo de menos”.

Dentro del hotel, la banda sonora era otra: partidos en la tele, noches de cine, billar, ping-pong, videojuegos, charlas interminables. Todo giraba alrededor de la Players’ Lounge, el corazón del Mundial para la USMNT.

Alojados en The Pearl, en el Marsa Malaz Kempinski, no tuvieron que cambiar de base. Eso convirtió el hotel en algo parecido a casa. Tanto que Yunus Musah volvió un año después solo para revivirlo.

“Era como un flashback”, explicó en 2025. “El olor, todo. El cuarto, las vistas. Caminaba por allí y sentía que estaba reviviendo cada momento del Mundial. Para mí fue la mejor experiencia de mi vida. Me encantó”.

La Players’ Lounge aparece una y otra vez en los recuerdos. Más que los estadios, más que las ruedas de prensa.

“Entrenábamos de noche, desayunábamos tarde, todo para adaptarnos a los horarios”, rememora Adams. “Teníamos tanto tiempo juntos que nos permitió conectar de verdad. Esa sala, viendo partidos, en silencio, era nuestro santuario.

“Gregg hizo de la camaradería una prioridad. Sentí que me acerqué aún más a gente con la que ya pasaba todo el tiempo, como Weston, Brenden Aaronson o Christian. En esos días solo haces eso: convivir y competir”.

Competir en todo. Cuando no había fútbol en la tele, había películas. Cuando no había descanso, había desafíos.

“Sean Johnson y DeAndre Yedlin tenían un estilo de billar rarísimo”, ríe Zimmerman. “Casi no golpeaban la bola, intentaban que perdieras por hacer falta. Eso se te queda. Recuerdas esos ratos fuera del campo”.

Cristian Roldan, por su parte, apenas pisó su habitación.

“Recuerdo estar con los chicos en la Players’ Lounge y asegurarme de no pasar tiempo solo en el cuarto, de no dar nada por sentado”, dice. “Fuera entrenar, estar en la sala o ver a mi familia disfrutar, quería vivirlo todo”.

Porque un Mundial no se juega en solitario. Se juega con los que están al lado y con los que te llevaron hasta allí.

Zimmerman lo sintió con fuerza antes de enfrentar a Gales. Mientras sonaba el himno, su mirada se fue directa a la grada de familiares. Madres, padres, hermanos, hijos, amigos. El verdadero tejido de la selección.

“La historia de cada uno está ligada a ese grupo de personas que nos llevó hasta allí”, explica. “Todos los sacrificios que hicieron para que tú estés en el campo. Verles tan orgullosos y poder darles las gracias en ese momento fue especial”.

Ream lo resume en una imagen: las pocas horas en las que las familias podían visitar el hotel.

“Esos eran los únicos momentos en los que podías sentarte, respirar y decir: ‘Voy a hacer una foto mental de esto’”, cuenta. “Mi mujer, mis hijos y yo, todos juntos en ese lugar”.

Ese efecto se multiplicó. Las familias se conocieron entre sí, se mezclaron, se hicieron parte de una misma tribu.

“Fue una experiencia que nos unió aún más”, dice Weah. “Ya éramos muy cercanos, pero tener ese tiempo para conectar y conocer a las familias de todos, compartir nuestras vidas… eso fue increíble. Es una de esas cosas que recordarás incluso cuando seas viejo y canoso”.

La vida no se ha detenido desde entonces. Algunos son padres, otros se han casado, otros han visto crecer a sus hijos y entender mejor lo que significa esa camiseta.

Para Roldan, la motivación se disparó. Su hija se acerca a los dos años y él quiere que vea a “papá” en un Mundial, no solo en el banquillo.

“Fue un esfuerzo colectivo llegar allí”, dice. “Cada uno lo vivió a su manera, pero fue por nuestros sacrificios. Lo que más alegría me dio fue ver a mis seres queridos disfrutando.

“Desde que nació mi hija he tenido un impulso extra. Da igual cómo haya ido el partido, ella solo quiere verme. No le importa ganar o perder. Quiero alargar mi carrera para que pueda verme jugar. Parte de mi motivación es que me vea en el campo, no solo sentado”.

Las sombras de 2022

No todos los relatos de Catar son cálidos.

Para Gio Reyna, el Mundial fue una mezcla de ilusión rota, frustración y aprendizaje forzado. Llegó tocado físicamente, vio cómo su rol se reducía y reaccionó mal. El resto es ya uno de los capítulos más tensos de la historia reciente de la USMNT: minutos limitados, dudas sobre su actitud en los entrenamientos y, después, el estallido público con la revelación por parte de la familia Reyna de un episodio de violencia doméstica de décadas atrás que involucraba a Gregg Berhalter.

El caso rebasó lo deportivo. Años después, todos han intentado seguir adelante. Berhalter regresó en 2023 y luego dejó el cargo tras la Copa América 2024. Mauricio Pochettino tomó el relevo. Reyna siguió en la órbita de la selección. Y ahora, con el Mundial llegando a casa, el mediocampista ve 2022 como una lección.

“Individual y colectivamente éramos muy jóvenes, un poco inexpertos”, admite. “Al final nos topamos con una Holanda más experimentada, más lista, y fue demasiado.

“Un Mundial es una experiencia increíble. Aprendí muchísimo. Claro que quiero jugar más en el próximo torneo, pero también entiendes que se trata de hacer lo que sea para ayudar al equipo. Representas a todo tu país. Y este es en casa, así que sería un sueño estar. Es el colectivo. Es el equipo haciendo algo especial por nuestro país”.

Reyna salió de Catar con algo que muchos no sienten hasta más tarde: la certeza de que un Mundial no solo premia, también desnuda.

No es el único con cuentas pendientes. Algunos ni siquiera pisaron el césped. Otros ni se subieron al avión.

Miles Robinson estaba destinado a ser titular. Fue pieza clave en la clasificación. Un desgarro en el tendón de Aquiles en mayo de 2022 lo cambió todo. No había opción de llegar.

Cuando empezó el Mundial, tuvo dos caminos: apartar la vista o sumarse a la fiesta desde fuera. Eligió lo segundo.

“Estaba en la calle viendo esa mierda”, contó a GOAL con una sonrisa. “De fiesta, animando a mis chicos. Quería sentir esa energía real porque así soy yo”.

Chris Richards no tuvo tanto tiempo para procesarlo. Su lesión de isquiotibiales llegó apenas semanas antes de la lista definitiva. Había empezado a ganarse un sitio. Se quedó en Londres, entre sesiones de recuperación, viendo cómo sus compañeros vivían su sueño.

“Estaba en un pub viendo a los chicos romperla en el Mundial”, recuerda. “Estaba muy feliz por ellos, pero para mí fue solitario. Eso fue: soledad. No quería saber nada del fútbol. Era un sueño de toda la vida y sentí que me lo arrancaron justo antes. Eso no significa que no animara a los chicos”.

Mark McKenzie sufrió otro tipo de golpe: el de la llamada que no llega. Nada de lesión, solo decisión técnica. Más difícil de digerir.

“Quedarme fuera del Mundial 22 me destrozó, hermano”, admite. “Fue un puñetazo al estómago. Estaba tan cerca. Pero es una sensación importante. Te pone la vida en perspectiva. Quizá puse demasiado peso en eso y perdí de vista quién era, las pequeñas cosas de mi juego o de mi vida que tenía que mejorar”.

Catar como prólogo, 2026 como examen final

Desde entonces, el paisaje ha cambiado. Berhalter ya es pasado. Pochettino decide ahora qué 26 nombres se suben al viaje de este verano y, más allá, al Mundial de 2026 en casa.

Para el fútbol estadounidense, esa cita será un antes y un después. Para los jugadores, también. Los veteranos de 2022 ya saben lo que implica.

Tyler Adams no midió el impacto real hasta que volvió a casa. Las calles de Nueva York dejaron de ser anónimas.

“Desde el punto de vista de notoriedad, la gente empezó a saber quién era cuando volvía a Nueva York”, cuenta. “Es una ciudad en la que nunca imaginé que me reconocerían. Y de repente lo hacen. Tenía a mi primer hijo en camino, intentaba equilibrar mi vida personal y profesional. No fue un reto, pero sí algo que tuve que aprender a manejar”.

Ahora, el reto es colectivo. Ya no llegan como invitados. Son anfitriones. Y eso pesa más en un país donde el fútbol todavía está creciendo.

“Es una sensación increíble, pero también una responsabilidad”, apunta McKennie a pocas semanas del inicio del torneo. “De niños veíamos a nuestros ídolos en la tele, quizá en revistas, si tenías suerte en directo. Ahora hay redes sociales, y tenemos esa responsabilidad.

“Esperamos que la gente vea que hay un camino para ellos. Puede que no se parezca al mío, al de Christian o al de Chris Richards, pero lo importante es creer en uno mismo y apostar por uno mismo siempre”.

En los próximos días, 26 jugadores volverán a apostar por sí mismos en un Mundial. Algunos llegarán con las cicatrices y las certezas de 2022. Otros se asomarán por primera vez al abismo. Habrá protagonistas y secundarios, titulares y suplentes que no toquen el césped. Cada uno tendrá su propia versión del sueño. Todos quedarán unidos para siempre. Así funciona un Mundial.

Para los hombres de aquel invierno en Catar, esa burbuja, ese ruido, esas noches tardías y esos silencios compartidos serán siempre un lazo irrompible. Para algunos fue un capítulo, para otros, el punto de giro de sus vidas. Coinciden en algo: fue especial. Irrepetible.

“Entiendo cuando la gente dice que es emocionalmente agotador”, confiesa Wright. “Cuando se acabó sentí que el fútbol me había cambiado. Ahora persigues esa misma sensación. Es difícil encontrarla fuera de un Mundial. Todo parece que fue ayer. Y el siguiente ya está aquí”.

Matt Turner lo mira igual de claro.

“Viví experiencias increíbles”, dice. “Por eso necesito volver. Porque quiero sentirlo otra vez”.