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Gianni Infantino: De presidente seguro a líder acorralado

Gianni Infantino, de coronación segura a presidente acorralado

Hace menos de dos semanas, Gianni Infantino se sentaba en el MetLife Stadium, a las afueras de Nueva York, hombro con hombro con Donald Trump. El presidente de la FIFA, al que el mandatario estadounidense gusta llamar “Rey del Fútbol”, contemplaba la final del Mundial más grande de la historia. Partido 104, cierre de un torneo mastodóntico, éxito deportivo casi unánime y lluvia de millones para las arcas del organismo.

Hubo abucheos cuando Infantino y Trump caminaron sobre el césped para entregar la copa y las medallas a España y Argentina el 19 de julio. Pero nada que empañara la sensación dominante: proyecto validado, Mundial rentable, poder intacto. El suizo de 56 años podía imaginar sin sobresaltos su reelección en marzo, casi como una coronación.

Aquella postal soleada ya parece de otra era.

De la cumbre al abismo en días

En cuestión de días, Infantino ha provocado una fractura sísmica en el fútbol mundial. El plan que él mismo impulsó para abrir la puerta de los Mundiales y de todas las competiciones FIFA a inversores privados ha detonado una rebelión global. Y ha puesto en riesgo un cargo que hasta esta semana parecía intocable.

La jugada era tan ambiciosa como explosiva: crear una filial, FIFA Forward Enterprise (FFE), que agrupara las partes más lucrativas del negocio —organización de torneos como el Mundial, venta de derechos audiovisuales y patrocinios, entradas y hospitality— y vender cerca del 20 por ciento de esa nueva empresa a capital privado.

La cifra sobre la mesa imponía: 4.200 millones de dólares por ese 20 por ciento, con una valoración total de 20.000 millones. El inversor ancla iba a ser Thrive Eternal, el nuevo vehículo de Joshua Kushner, hermano de Jared Kushner, yerno de Trump. Un círculo de poder perfectamente reconocible.

La oferta a las 211 federaciones, dueñas de FIFA como asociación sin ánimo de lucro bajo la ley suiza, sonaba a maná caído del cielo: 20 millones de dólares para cada una, con fecha límite de aceptación el 19 de septiembre. Dinero directo, rápido, sin necesidad de clasificarse a nada.

Sobre el papel, un negocio redondo para muchos. En la práctica, una línea roja para casi todos.

El dinero que seduce… y asusta

FIFA ya tiene previsto repartir 10 millones de dólares a cada federación en el ciclo de cuatro años, gracias a unos ingresos récord de 15.000 millones entre 2023 y 2026, impulsados por el Mundial recién terminado. Con FFE, la promesa se duplicaba: 20 millones por federación ahora, 22 millones de media hasta 2034 y 24 millones hasta 2038.

Para Andorra, Montserrat o Papúa Nueva Guinea, cantidades que cambian la historia. Para potencias como Inglaterra, España o Francia, el cálculo es otro: su prioridad no es un cheque inmediato, sino el equilibrio del ecosistema competitivo, el control del calendario y el peso político dentro del juego.

Porque, más allá de los números, la idea tocaba algo sagrado. El Mundial, el trofeo máximo del fútbol, se percibe como patrimonio emocional de aficionados y selecciones, no como un activo más que trocear en manos de fondos de inversión o fondos soberanos. El desembarco de capital privado y petrodólares se ha normalizado en el fútbol de clubes europeo. Llevarlo al Mundial era otra cosa.

La reacción no tardó. Y fue brutal.

Una oposición sin fisuras

Vicepresidentes de FIFA, altos ejecutivos del organismo, todas las federaciones europeas, las confederaciones de Asia y Norteamérica, el primer ministro británico, la asociación global de ligas nacionales, aficionados de medio mundo. La lista de opositores se hizo interminable.

El viernes, Infantino parecía un presidente casi sin aliados visibles.

Carlos Cordeiro, su principal asesor y exbanquero de Goldman Sachs, dimitió y calificó el proyecto de mal negocio. Kevin Lamour, director de operaciones de FIFA, lanzó una declaración demoledora en defensa de sus colegas, que sonó a desafío directo al jefe. Un texto que, en cualquier otra organización, haría tambalear de inmediato a un presidente.

El golpe definitivo llegó desde Europa. UEFA anunció el jueves que sus federaciones boicotearían todas las competiciones FIFA si el plan seguía adelante. No era una amenaza menor. Las selecciones europeas dominan desde hace décadas los grandes torneos de FIFA: Mundiales masculinos, Mundiales de clubes, las joyas de la corona en términos de audiencia e ingresos.

El temor era claro: que los inversores exigieran más partidos, más formatos ampliados, más ventanas comerciales, aunque eso reventara un calendario ya saturado y erosionara el valor de las competiciones de clubes, incluida la UEFA Champions League. Los jugadores de élite están al límite, las fechas internacionales no dan más de sí y el dinero de televisiones y patrocinadores no es infinito.

Todo esto se cocinó, además, bajo la acusación recurrente: Infantino no consultó a nadie. Durante un año habría trabajado en la sombra en este proyecto mientras se dejaba ver en el entorno de Trump. El propio expresidente estadounidense admitió el viernes que no había hablado con el jefe de FIFA sobre la venta de participaciones en el Mundial.

La presión, al final, hizo saltar la tapa.

Infantino recula, pero la herida queda

El viernes, el presidente de FIFA anunció que retiraba el plan. Lo hizo con un mensaje que reconocía el nivel de fractura creado: “Habiendo escuchado atentamente todas las opiniones, ha quedado claro que el proyecto ha generado divisiones de tal naturaleza que, independientemente del nivel de apoyo, ya no responde al interés del objetivo planteado en primer lugar”.

Retirada táctica. Pero no borrón y cuenta nueva.

Infantino abandonó Nueva York la semana pasada con cartas de apoyo para su reelección firmadas por unas 200 de las 211 federaciones con derecho a voto. Un colchón casi absoluto. Hoy, incluso después de enterrar FFE, ese respaldo ya no se puede dar por sentado.

La rebelión no se ha limitado a un desacuerdo puntual sobre un modelo financiero. Ha destapado algo más profundo: desconfianza hacia el estilo de gobierno del presidente, hartazgo ante sus intentos recurrentes de forzar proyectos impopulares y miedo a que el Mundial se convierta en un producto más, sometido a la lógica del máximo rendimiento económico.

África, Sudamérica y el tablero electoral

No todo el planeta se levantó en armas con la misma intensidad. El bloque africano, tradicional bastión de Infantino con 54 votos, se mantuvo en una prudente neutralidad. Para muchas federaciones del continente, los 20 millones prometidos suponían un antes y un después en infraestructuras, desarrollo y profesionalización.

En Sudamérica, la postura fue más calculada. La CONMEBOL, con sus 10 miembros, comunicó el viernes que había recibido la propuesta y que la estudiaría “con el rigor que exige”. Su presidente, Alejandro Domínguez, también vicepresidente de FIFA, tiene un interés directo en la continuidad de Infantino: depende de él para que el Mundial 2030, ya adjudicado a España, Portugal y Marruecos con partidos inaugurales en Argentina, Paraguay y Uruguay, se expanda a 64 selecciones. Solo así esos tres coanfitriones sudamericanos podrían albergar más encuentros que el único partido que ahora mismo tienen asignado cada uno de los 104 del torneo.

Pero el cálculo político ha cambiado. El plazo para presentar candidaturas a la presidencia de FIFA vence el 18 de noviembre. Cuatro meses después, el 19 de marzo, la elección se celebrará en Rabat, Marruecos, sede africana del organismo. Infantino fue reelegido sin oposición en 2019 en París y en 2023 en Kigali, Ruanda. Los estatutos le permiten un mandato más de cuatro años.

La creación de FFE se interpretó en muchos despachos como algo más que una operación financiera: una vía para que Infantino se garantizara un rol ejecutivo tipo “comisionado” más allá de 2031, con un paquete salarial muy superior a los más de seis millones de dólares anuales que percibe hoy entre sueldo y bonus.

Esa lectura política alimenta ahora las dudas sobre su continuidad incluso dentro de quienes, hasta hace nada, lo veían como un aliado útil.

¿Quién se atreve a desafiar al “Rey del Fútbol”?

Para ganar una elección disputada, el presidente necesita 106 votos, la mitad más uno de las 211 federaciones. Ninguna confederación vota en bloque de manera monolítica, pero una alianza entre buena parte de los 55 miembros de UEFA, los 35 de CONCACAF y los 46 de la AFC ofrecería una base muy sólida para un candidato alternativo.

Los nombres ya circulan desde hace tiempo en los pasillos del poder, aunque hasta ahora sonaban a ciencia ficción. El presidente de Paris Saint-Germain, el catarí Nasser Al-Khelaifi, aparece en casi todas las quinielas. También el vicepresidente de FIFA y hombre fuerte de CONCACAF, el canadiense Victor Montagliani. Y siempre está la posibilidad de que Sheikh Salman bin Ebrahim Al Khalifa, presidente de la AFC y derrotado por poco por Infantino en 2016, decida volver a intentarlo.

Durante años, esas hipótesis parecían meros ejercicios de especulación. La incomodidad con el estilo de Infantino era real, pero se asumía como el precio de un presidente que, al menos, mantenía el negocio en expansión. Tras el fiasco de FFE, la conversación ha cambiado de tono. Y de volumen.

La resistencia liderada por UEFA ha demostrado que puede frenar incluso los proyectos que el suizo considera centrales para su legado. Ha obligado al “Rey del Fútbol” a recular en uno de los momentos en que se sentía más fuerte, con un Mundial récord recién clausurado y una reelección casi garantizada.

Ahora la pregunta ya no es cuánto dinero puede generar el próximo Mundial. Es otra, mucho más incómoda para el hombre que domina la escena desde Zúrich: ¿tiene Gianni Infantino la credibilidad necesaria para seguir gobernando el juego que acaba de intentar vender?

Gianni Infantino: De presidente seguro a líder acorralado