Gianni Infantino y la crisis en FIFA: el plan abortado de venta
La semana que Gianni Infantino imaginaba como otro capítulo de poder incontestable al frente de FIFA terminó en una retirada abrupta. Y pública. Bajo una presión inédita de confederaciones, asesores y altos ejecutivos, el presidente del máximo organismo del fútbol mundial dio marcha atrás a su proyecto estrella: vender una participación minoritaria en una nueva empresa encargada de sus operaciones comerciales y de eventos.
Lo que se presentó como una revolución financiera terminó convertido en símbolo de división y desconfianza.
Un giro de 180 grados en una noche
Tarde en la noche del viernes, acorralado, Infantino difundió un comunicado que certificaba el frenazo: tras “escuchar atentamente todas las opiniones”, admitió que el proyecto había generado “divisiones” incompatibles con el objetivo inicial y anunció que la propuesta no seguiría adelante. El mensaje era claro: el plan estaba muerto.
El contraste con las horas anteriores resultaba llamativo. Esa misma mañana, FIFA había defendido con firmeza el proyecto. Insistía en que “nadie está vendiendo el fútbol”, aseguraba que respetaba las críticas, pero dejaba claro que seguiría adelante y reiteraba su compromiso con un proceso “abierto y democrático”. Parecía una organización decidida a resistir la tormenta.
La tormenta, sin embargo, se convirtió en huracán.
Rebelión de las confederaciones
UEFA fue la primera en poner el listón muy alto: sus 55 asociaciones miembro amenazaron con boicotear las competiciones de FIFA, incluidos los Mundiales, si el plan seguía sobre la mesa. Un órdago mayúsculo. No se trataba de un matiz técnico ni de una objeción menor: era una línea roja.
Concacaf se alineó con la postura europea. Luego llegó el turno de la confederación asiática, AFC, que se declaró en solidaridad con ambas. Tres bloques que, juntos, representan 137 de las 211 asociaciones miembro de FIFA. Una mayoría potencialmente demoledora.
En Sudamérica, CONMEBOL optó por un tono más matizado. No rechazó frontalmente el proyecto, pero dejó un mensaje que resonó en Zúrich: las decisiones financieras y comerciales “deben servir siempre a los intereses del fútbol y nunca imponerse sobre su esencia”. Una advertencia, no una adhesión.
La presión institucional ya era enorme. Lo que vino después golpeó directamente el círculo más cercano de Infantino.
El entorno se rompe: dimisiones y acusaciones internas
Primero cayó Carlos Cordeiro, asesor del presidente. Renunció a su cargo y, en un comunicado demoledor, calificó la operación como “un mal negocio para las asociaciones miembro de FIFA, un mal negocio para el fútbol y un mal negocio para el futuro a largo plazo del juego”. No era solo una discrepancia: era una desautorización frontal del proyecto.
Luego habló Kevin Lamour, director de operaciones de FIFA. En declaraciones a The Associated Press, aseguró que el personal había sido “engañado” por Infantino y confesó que dormiría mejor tras haber alzado la voz, incluso si eso le costaba el puesto. Sus palabras fueron aún más lejos: “Es el proyecto de una sola persona. No solo no debe seguir adelante… ha llegado la hora de que los líderes políticos del fútbol se hagan las preguntas correctas y tomen las decisiones correctas”.
Cuando un plan deja de ser visto como una estrategia de la institución y pasa a percibirse como la obsesión de un solo hombre, el margen político se desploma. Eso fue lo que ocurrió en cuestión de horas.
El proyecto que prometía miles de millones
El corazón del plan era la creación de una nueva entidad privada, FIFA Forward Enterprises (FFE). Esta empresa se encargaría de gestionar los grandes eventos del organismo, incluidos los Mundiales y los Mundiales de Clubes. FIFA pretendía vender un 21 por ciento de participación minoritaria a inversores externos.
La operación estaba diseñada para atraer 4.200 millones de dólares, que se canalizarían hacia las 211 asociaciones miembro a través de un nuevo mecanismo de financiación, el llamado FIFA Fast-Forward Programme (FFFP). Con ello, el organismo aseguraba que su inversión en desarrollo superaría los 10.000 millones de dólares en los próximos cuatro años.
El diseño financiero incluía un sistema de incentivos. Si una federación se oponía al plan de FFE pero este era aprobado, recibiría igualmente 20 millones de dólares en el ciclo 2027-30, 22 millones en 2031-34 y 24 millones en 2035-38, con independencia de que se vendiera o no una participación a inversores privados. Si, en cambio, la federación apoyaba la propuesta, el pago en 2027-30 se duplicaría hasta los 40 millones, manteniéndose iguales las cantidades de los ciclos posteriores.
Dinero inmediato, promesas de crecimiento y un discurso de modernización. Sobre el papel, una oferta difícil de rechazar para muchos países dependientes de los fondos de FIFA. Pero el precio político y simbólico —la sensación de que el corazón comercial del fútbol mundial se ponía en manos de capital privado— resultó demasiado alto para una parte decisiva del mapa del poder.
Joshua Kushner, a través de su firma de capital riesgo Thrive, seguía en la operación hasta la noche del viernes. No se había retirado. Ya no hizo falta: al caer el proyecto, su papel quedó en nada.
El poder de Infantino, cuestionado
Detrás del choque sobre FFE se esconde algo más profundo: la autoridad de Gianni Infantino. El hombre que llegó a la presidencia en febrero de 2016, tras la caída de Sepp Blatter, y que parecía encaminado a un nuevo mandato casi sin oposición, ha sufrido una de las mayores humillaciones políticas de su etapa en el cargo.
En los últimos meses, Infantino presumía de cifras históricas: 15.000 millones de dólares de ingresos por el último Mundial masculino. Muchas federaciones ya habían enviado cartas de apoyo a su continuidad de cara a las elecciones de marzo de 2027. El escenario apuntaba a una reelección tranquila.
Esta semana lo cambió todo. Las reuniones de UEFA y Concacaf del jueves, según reveló The Athletic, ya pusieron sobre la mesa una pregunta que hasta hace poco parecía tabú: su liderazgo futuro. La amenaza de boicot europeo, el alineamiento de Concacaf y AFC, la fractura interna con Cordeiro y Lamour… La batalla por un modelo de negocio se transformó en una batalla por la supervivencia política del presidente.
Infantino eligió salvar el puesto antes que salvar el proyecto. Pero el daño está hecho.
Confianza erosionada y un calendario implacable
Lise Klaveness, presidenta de la Federación Noruega, lo resumió con frialdad. Recordó que ya no apoyaron a Infantino en la última elección y volvió a expresar su escepticismo. Admitió que en FIFA “hay muchas cosas buenas”, pero advirtió que una actitud laxa con los principios de gobernanza y las reglas conduce rápidamente a la pérdida de confianza.
Ese es el punto clave: confianza. No se mide en comunicados, ni en cifras de inversión, ni en promesas de programas de desarrollo. Se mide en la disposición de las confederaciones a seguir a un presidente en los momentos de máxima tensión. Esta vez, una parte muy significativa decidió plantarse.
El calendario no da tregua. Las candidaturas para las elecciones de 2027 deben presentarse antes de noviembre. Hasta hace nada, la pregunta era cuántas federaciones se sumarían a la reelección de Infantino. Ahora, la cuestión ha cambiado de forma radical: ¿quién se atreverá a desafiarle en las urnas, y cuánta fuerza real tendrá el actual presidente cuando llegue ese momento?






