canchaygol full logo

Abby Erceg y su renuncia al Mundial en casa: una decisión meditada

Abby Erceg tomó la decisión que casi ninguna futbolista se atreve a imaginar: decir no a un Mundial en su propio país. A sus 36 años, con una carrera repleta de medallas y partidos grandes, eligió apartarse de la selección de Nueva Zelanda justo antes de la cita que muchos consideran el sueño definitivo.

No lo hizo en caliente. Lo maduró. Lo sufrió.

“Fue una decisión realmente dura”, admitió. Habló con mucha gente, escuchó opiniones, sopesó lo que significaba renunciar a un Mundial en casa, probablemente el último de su carrera. “Ese es el sueño, ¿no? Jugar un Mundial en casa y que sea una especie de despedida perfecta”. Pero algo no encajaba. Ni en lo personal ni en lo profesional.

Al final, se impuso la convicción. “Tenía que poner eso por delante, en lugar de hacer algo en lo que mi corazón nunca iba a estar. No creía que fuera justo para el grupo ni para mí misma”.

Una renuncia meditada, no un gesto heroico

Erceg convivió “mucho, mucho tiempo” con la decisión antes de comunicarla. Quería estar segura de que podría vivir con ella. No busca que la señalen como valiente, aunque sabe que cruzar esa línea exige coraje.

“Fue valiente en el sentido de que tienes que seguir adelante con ello, sí”, reconoce. Sabe también lo que muchos pensaron: es un Mundial, hay que representar al país. Pero para ella la ecuación tenía otra variable clave: su club.

En aquel momento estaba en North Carolina, en lo que describe como “uno de los mejores entornos de club del mundo”. Un equipo ganador, un contexto competitivo, un lugar donde sentía que crecía como futbolista. “Éramos muy exitosas y era muy difícil dejar ese entorno para ir a otro que sentía que no me estaba sirviendo como jugadora. Tuve que tomar esa decisión por mi carrera, en ese sentido”.

Mientras las Football Ferns abrían su Mundial con una histórica victoria 1-0 sobre Noruega, muchos se preguntaron qué habría cambiado con la experiencia y jerarquía de Erceg en el campo. El equipo no pudo sostener el impulso: derrota 0-1 ante Filipinas y empate 0-0 contra Suiza, y adiós en la fase de grupos. La duda quedó flotando.

Una carrera a contracorriente

No es la primera vez que Erceg rompe el guion. Se retiró de la selección en 2017 y volvió a hacerlo en 2018, principalmente por lo que consideraba una falta de apoyo y recursos de New Zealand Football hacia el fútbol femenino. Más tarde regresó para disputar el Mundial de 2019. Siempre a su ritmo. Siempre marcando su propio compás.

Entre idas y venidas, dejó una huella difícil de igualar: tres Mundiales, tres Juegos Olímpicos y la primera Fern en alcanzar los 100 partidos internacionales, hasta llegar a 146, 49 de ellos como capitana. Un peso pesado del fútbol neozelandés, más allá de sus dudas y desencuentros.

Su hoja de servicios a nivel de clubes también habla por ella: tres títulos de la National Women’s Soccer League, uno con Western New York Flash en 2016 y dos con North Carolina Courage en 2018 y 2019. Liderazgo, consistencia, un perfil que se gana el respeto en cualquier vestuario.

México, familia y un futuro abierto

Tras 12 años en Estados Unidos, Erceg cerró recientemente una etapa con Toluca, en México. La experiencia la marcó de forma especial. “Fue fenomenal. La cultura, la comida, la gente, el fútbol, la emoción alrededor. Un país increíble”, resume.

No tiene aún decidido su siguiente paso, pero desliza un deseo: estar más cerca de casa. Las ofertas llegan “de todas partes”: de Nueva Zelanda, de la A League, de nuevo desde México y de clubes en Estados Unidos. El mercado la sigue buscando.

Ahora el filtro es otro. “Llegas a un punto de tu carrera en el que la familia se vuelve importante”, admite. Sabe lo que ha dejado atrás: “Me he perdido gran parte de la vida de mi familia. Me he perdido gran parte de la vida de mis sobrinos. Así que tienes que empezar a tener en cuenta esas cosas”.

Un desafío llamado Chelsea

El presente inmediato, sin embargo, tiene un nombre propio: Chelsea. Ocho veces campeonas de Inglaterra, una potencia europea, un examen brutal para un combinado armado a toda prisa, con apenas unas semanas de entrenamiento conjunto.

“Va a ser un desafío, y esa es una palabra educada”, advierte Erceg. Sabe lo que se viene. Sabe también lo que puede significar. “Va a ser una auténtica lección para mucha gente sobre dónde se sitúa el fútbol neozelandés, porque jugamos contra uno de los mejores equipos de clubes femeninos del mundo”.

El tiempo de preparación es escaso, el margen de error mínimo. “No tenemos mucha preparación, así que vamos a tener mucho trabajo por delante”, admite. Pero hay algo que compensa todo: la oportunidad de ver a un gigante mundial en suelo neozelandés. “Es bueno tener un equipo de tan alto calibre en Nueva Zelanda y la exposición es genial”.

Erceg, que ya renunció al Mundial perfecto, se prepara ahora para otro tipo de escaparate: uno que mide el pulso real del fútbol de su país frente a la élite. Y, quizá, le ayude a decidir dónde quiere escribir el último capítulo de su carrera.